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Que estamos volviendo a los años ochenta no sólo se nota en las pintas de mamarracha que me llevan algunos, sino en carencias de usos del pasado como el hecho de que filmes como Desierto, el segundo largometraje de Jonás Cuarón –hijo del egregio Alfonso Cuarón–, que vale que sea una coproducción Méjico-Francia, pero no es nada marginal, ni cutre, ni underground ni “que asuste”, se estrene dos años después de haber sido parida. Dos años tras preestrenarse en el Festival de Toronto 2015, donde trincó el Premio FIPRESCI – Special Presentations, tras participar en los Premios Fénix del mismo año, y formar parte de la Sección Oficial del Festival de La Habana 2016 y Sitges 2016. Una lástima. Pero a pesar de los pesares, Selecta Visión la distribuye en nuestro país y este viernes llega a las pocas salas que queden en pie, ya en 2017.

Desierto (Jonás Cuarón, 2015)
Póster de Desierto (Jonás Cuarón, 2015) © Esperanto Kino, Itaca Films, CG Cinéma

Convertir un drama social, como es la cuestión de la migración clandestina y la violación de fronteras, en un thriller, una peli de esas “de género” o como lo quiera usted llamar, no es nada nuevo ni original. Muchos son los filmes que albergan parábolas políticas entre secuencias de acción y frenesí, encontrando en la causa social tan sólo una estructura sustentante para algo menos complejo y sutil que la sátira explícita y el discurso explicativo. Es algo del todo lícito –y, a veces, incluso agradecible– y que, sin embargo, espanta al crítico común, más ávido de narrativa literaria que plástica.

Este rechazo por parte de la crítica más solemne, es mayor cuando al “rodador” –o si prefiere “autor”– de dicho cine de género es comparado consigo mismo y sus anteriores trabajos. Y mucho peor aún es cuando dicho trabajo es medido con el de su padre, como es el caso. Menos mal que a Jonás todo esto le da igual, y que su padre Alfonso le ha enseñado bien en qué consiste esto del cine. Así, lo más achacable de Desierto (Jonás Cuarón, 2015) sea, precisamente, la búsqueda de metáforas, alegorías y semiologías para legitimar algo la cinta de cara a las fauces del criticón. Eso sí, esta búsqueda, gracias a Manitú es intermitente y efímera en la cinta.

Desierto (Jonás Cuarón, 2015)
Prácticamente la totalidad del filme fue rodada en los bellísimos parajes de los desiertos de la Baja California y la California mexicana © Esperanto Kino, Itaca Films, CG Cinéma

Por ejemplo, sí que es verdad que igual es muy poco sutil que el personaje protagonista, que guía a la recua de ilegales a través de las penurias del desierto tras ser abandonados por el “sherpa” original, se llame precisamente Moisés; pero eso no empece que, futilidades de la premisa dramática abstracta aparte, estemos ante una película de acción, un thriller trepidante cargado de suspense y tensión, contado con más que eficacia bajo los cánones del género clásico y el desarrollo básico de cacería humana que ya nos dejara Richard Connell con su relato corto Los sabuesos de Zaroff (The Most Dangerous Game, 1924), y que luego ha sido amortizada sin denuedo por el cine y la televisión de género.

El cazador de personas de Desierto es Sam, un “vigilante” –llaman así, en castellano, a los justicieros al margen de la ley en los USA– racista y fronterizo, de lo más tarado. Un villano de altura inspirado en los muchos dementes de la vida real que recorren la frontera USA-México con el beneplácito del silencio de la policía. Un cabrón con pintas memorable, que cobra vida gracias al talento del no siempre bien aprovechado Jeffrey Dean Morgan para erigirse como el personaje estelar de la cinta. Dipsómano, sucio, rudo, sádico y sagaz, Sam pondrá en jaque a todo un grupo de indocumentados mejicanos durante prácticamente la hora y media de película, a través de la mira telescópica de su rifle –gran trabajo de óptica, de distancias y ángulos, sobresaliente Jonás Cuarón– y ayudado por Tracker, su incasable chucho de presa –que protagoniza la que, posiblemente, sea la mejor secuencia del filme, y que no les pienso describir, claro está–. Éste será “le malo” que vaya derribando a los “buenos”, hasta que sólo quede Gael García Bernal –el Moisés de turno, en principio discreto y sin autoridad, luego valiente y resolutivo, según reza el arquetipo– para dirigir a un grupo de menesterosos indocumentados que pasan de esconderse de las autoridades, a huir de un zumbado con rifle y un perro, siempre bajo un inclemente sol de justicia, sobre un terreno accidentado y lleno de recovecos donde astillarse los huesos.

Desierto (Jonás Cuarón, 2015)
Moisés (Gael García Bernal) y Adela (Alondra Hidalgo), “el chico” y “la chica” de la película, arquetípica pareja según los cánones del género © Esperanto Kino, Itaca Films, CG Cinéma
Desierto (Jonás Cuarón, 2015)
Sam, el loco de la colina (Jeffrey Dean Morgan) y su querido Tracker, “el villano y su fiel secuaz” © Esperanto Kino, Itaca Films, CG Cinéma

De diez también García Bernal (lo cierto es que el cast es impecable) y sorpresón que esperemos no se quede en revelación, con el rostro de Alondra Hidalgo, que interpreta a Adela, uno de los personajes puntales del filme. Rodada en español e inglés, Desierto narra la epopeya, en forma de viaje iniciático presentada in media res, de un conjunto de emigrantes mejicanos, entre los que se encuentran Moisés y Adela, que son guiados a pie por el desierto por unos compatriotas que se ganan la vida cruzando a gente sin papeles por rutas desguarnecidas de efectivos policiales –lo que vienen siendo tráfico de inmigrantes de toda la vida–. Con lo cual, en el devenir “de género” de la película, quedan huecos a rellenar con tramas secundarias de los más propicios, estableciéndose una suerte de “infierno dentro de infierno”. La situación de partida ya es hostigante y de tensión, cualquiera puede morir; pero es que encima va a más. Desde el momento en el que Jeffrey Dean Morgan luce la roña de su raída camisa de paleto desaseado, sabemos que las cosas van ir a peor para el grupo de clandestinos.

El primer filme de Jonás Cuarón, Año uña (Jonás Cuarón, 2007), pasó prácticamente desapercibido fuera de México. Pero después de haberse hecho su prestigiete por lares hollywoodienses por escribir, al alimón con su padre, el guión de la extraordinaria Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) y de realizar esa el crossover sobre los Inuit que aparecen en ella, en forma del cortometraje Aningaaq (2013), Jonás anunció que iba a llevar a cabo su segundo largometraje. Y hételo aquí.

Desierto es de esas piezas sin complejos que no suelen brotar precisamente como champiñones. En estos tiempos de encorsetamiento y poca broma, no sienta nada bien la abstracción genérica, y menos aún la utilización del material dramático extraído de la vida real para componer fábulas y levantar montañas rusas. Todavía menos, si encima hay dosis de humor flotando en el ambiente. Y no digamos ya si ese humor es de un negro que puede irritar urbanizaciones enteras –servidor la vio en el festi de Sitges, y gustó, o sea que imagínense–. Pero a Don Jonás, si se le ha de achacar algo, es precisamente lo innecesario de cierto sentimentalismo, y la puntual referencialidad para “quedar bien” con los pesa’os antes referidos. Más encomiable resultan las ínfulas de Cuarón si tenemos en cuenta lo indignante, por cercanía, del tema a tratar.

Gael García Bernal
Gael García Bernal, corriendo que se las pela en un fotograma de Desierto (Jonás Cuarón, 2015) © Esperanto Kino, Itaca Films, CG Cinéma

Sin embargo, Desierto repta sin complejos por el desierto, entre tiros, golpes, carreras, gritos, cagamientos y accidentes. Para anteponer lo hace cine al cine por encima de todo lo demás, en un tiovivo minucioso y raudo. Y para que todos los cinéfilos y cineastas nos deleitemos con un nervio fresquísimo y una habilidad para la narrativa y el tempo que nada tiene que envidiar de la de Cuarón padre.

Su planteamiento podría pasar como una más de las tantas historias de migrantes desesperados, casi como cualquier telefim, si no fuera por sus altas dosis de suspense, acompañadas de agobiante tensión, todo medido como Dios manda y servido masticadito, como un golpe de artes marciales que noquea a un borracho, como un sistema de engranajes girando a toda hostia sin descoyuntarse, como un ballet…

Desierto (Jonás Cuarón, 2015)
Gael García Bernal, agazapado como alma que lleva el diablo, en otro fotograma de Desierto (Jonás Cuarón, 2015) © Esperanto Kino, Itaca Films, CG Cinéma

Una ficción sin complejidad. Que apenas ahonda en los recovecos morales de ni psicológicos de los personajes porque no es cine político sino cine de género, donde la simplicidad es un acierto. Su reducida visión unilateral de los inmigrantes y los asuntos fronterizos entona con un alejamiento radical de cualquier tipo de sobriedad artística, porque Desierto no es un documental, sino un espectáculo. Un circo cinematográfico como los que hacía años que no se montaban, pero que, en la tónica de lo que les contaba en la cabeza del texto sobre el regreso de los 80, parece que están volviendo a montarse –no todo van a ser carencias y horteradas–. Desde luego, para quien vaya al cine solamente a que le pongan al día en plan periódico, o a que le sugestionen en plan teatro, mejor quédese en casa porque este filme le resultará sin duda mediocre. Quien, por el contrario, guste de contemplar y dejarse llevar por el cine sin “tropezones” innecesarios y “anchoas” dejadas en el inodoro por quien no sabe ir de vientre con precisión, encontrará en Desierto un reparador oasis, valga la metáfora del tres al cuarto.

Tiemblen, griten, rían, manoteen, sollocen, giman, aspavienten, repartan codazos, flípenlo… tremulen con el “Sueño Americano” según Donald Trump, no se arrepentirán. La ausencia de aburrimiento está garantizada.

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