Compartir

De Los Goonies (The Goonies. Richard Donner, 1985) no hace falta ponerse a hablar porque ya se habla mucho por todas partes. Posiblemente, junto con Gremlins (Joe Dante, 1984) y alguna otra producción de esas con muñecos que dan miedo-gracia, estemos ante la película con más retribución nostálgica y amortización generacional de la historia del cinematógrafo –más que nada, porque las quintas de nostálgicos de otras épocas han envejecido o, directamente, muerto–. Pandillas de menores aventureros hubo muchas antes, como ya hemos visto, pero la aparición de estos chiquillos que, entroncando con la fantasía absoluta y el subgénero de piratas, se mostraban como niños “reales” de la nueva sociedad de consumo, que tenía problemas en casa y decían palabrotas.

El arrollador éxito de esta cinta, años después incluso de su estreno, fue tal que aluvión de cintas del mismo corte no tardó en emanar. Y, ojo, no hablamos de la influencia que ha dejado el filme de Richard Donner incluso hasta en nuestro país, donde aparte de crear a los proto-goonies tenemos ejemplos como el de los críos Forever Young de la exquisita Héroes (Pau Freixas, 2010) o los “biciclistas” del telefilme Cuento de Navidad (Paco Plaza, 2005) para Películas para no dormir (Telecinco. 2005-2006); y por supuesto, en homenajes en toda regla como el que supuso la brillante aunque insuficiente Super 8 (J.J. Abrams, 2011). Que va, hablamos de auténtica “Gooniexploitation”, de hijos bastardos a la zaga del boom taquillero de la oportunísima producción de Spielberg.

PANDILLAS_VI_01
Petarlo © Warner Bros., Amblin Entertainment

Lo de que el cine norteamericano comercial de la década de los 80 fuera así tiene su obvia explicación. Todas esas películas tan maravillosas –y de presupuestos tan inconmensurables– de Michael Ciminio, Francis Ford Coppola, Brian De Palma y aquel largo etcétera de másteres del universo que rodaban joyas de la cinefilia en desde finales de los 60, habían dejado a las arcas de la industria de Hollywood tiritando, y necesitaban insuflarle dinero a las naves como fuera.

Así pues, en los ochenta, certificado a fuego el éxito devastador de la saga de stargüares de George Lucas, el cine americano volvió a volcarse en la epopeya, el disloque, la acción, los muñecos animatrónicos, las luces contra natura, la fanfarria y, como diría mi abuela o la de usted, “la tontería”. Se volvía a la pantomima escénica –y preciosa, las cosas como son– del Hollywood de la edad de oro, trocando cow-boys de las praderas pintadas y robinjuces de technicolor, en otros imperativos plásticos propios del momento, más de hombrera, gomina y como “de láser”; ya saben, esa fórmula novedosa de despertar tecnológico en plena corriente de cultura punk, mezclada con un fuerte revival de los años 50: lo que vienen siendo los American 80’s. Y en lo que a cine de entretenimiento juvenil se refiere –que, en ese momento, venía a suponer casi el 100% de las producciones mainstream– todo se llenó pues de puerilidad, humor de brocha gorda, látex, vinilo, laca y sueños, y en pocos años, las productoras grandes de los países extranjeros en prácticamente todos los continentes copiaban, por H o por B, la fórmula mágica. Una pérdida de libertad autoral que, sin embargo, cristalizó en la recuperación de una industria y en la consecución del cenit en la mayoría de las artes que componen una producción cinematográfica (fotografía, dirección de arte, caracterización y maquillaje, F/X de producción, stunts…).

PANDILLAS_VI_02
¡Los 80 eran suyos! David Argue, John Ley y Nicole Kidman en una fotografía de rodaje de la producción juvenil, bien aventurera y australiana, Los bicivoladores (BMX Bandits. Brian Trenchard-Smith, 1983) © Nilsen Premiere

Pues, como íbamos diciendo, toda la querencia financiera que desarrolló esta ola de filmes llenos de arpillera y recubrimientos de poliuretano comenzó con los dos títulos antes citados: Gremlins y Los Goonies. Con lo cual, ¿se deduce que todo esto se lo debemos a Richar Donner y a Joe Dante? No, sólo una parte. Los nombres en común más importantes en ambas producciones son el de Steven Spielberg (a la sazón productor) y de Chris Columbus (autor de ambos guiones).

A Don Steven no hace falta que lo introduzca, que ya saben de sobra hasta cómo tiene el careto; y de Columbus baste con decir que su participación en todo este tema a lo largo, le categoriza como un auteur capital en esto de la temeridad infantil, “nivel Blyton”. A parte de escribir Gremlins y Goonies, este caballero –que, si lo piensan, se llama en castellano Cristóbal Colón– debutó en la dirección con otro imprescindible del tema que estamos tratando, Aventuras en la gran ciudad (Adventures in Babysitting. Chris Columbus, 1987), y tres años más tarde seguiría con los críos de acción dirigiendo Solo en casa (Home Alone, 1990) para la 20th Century Fox, a los que no abandonaría jamás.

Siempre en con esa impronta que hace que el cociente colectivo desentendido de la cinefilia de rigor, piense que todas, desde Los Goonies a Los Picapiedra (The Flintstones. Brian Levant, 1994), las dirige Spielberg. A Solo en casa le seguiría su secuela Solo en casa 2: perdido en Nueva York (Home Alone 2: Lost in New York. Chris Columbus, 1992), e incluso hasta día de hoy, don Cristóbal seguiría erre que erre, realizando las dos primeras de Harry Potter, Harry Potter y la piedra filosofal (Harry Potter and the Sorcerer’s Stone. Chris Columbus, 2001) y Harry Potter y la cámara secreta (Harry Potter and the Chamber of Secrets. Chris Columbus, 2002) y cascándose la de Percy Jackson y el ladrón del rayo (Percy Jackson and the Olympians: The Lightning Thief. Chris Columbus, 2010), que también va de chavalería. Lo que se dice “un esencial”, vamos.

PANDILLAS_VI_03
Detalle del póster ochenter del maestro Drew Struzan para Aventuras en la gran ciudad (Adventures in Babysitting. Chris Columbus, 1987) © Touchstone Pictures, Silver Screen Partners III

El caso es que, avezado por éxitos recientes de la factoría de Spielberg (Amblin Entertainment) E.T., El extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial. Steven Spielberg, 1982) y Gremlins (Joe Dante, 1984), Paramount Pictures trató de anticiparse al éxito de Los Goonies, con otro filme de aventuras protagonizado por críos. La estrategia no pudo estar mejor pensada, el guión incluía viajes en el espacio, alienígenas y niños, y el director era Joe Dante, el de los Gremlins. Sin embargo, Exploradores (Explorers. Joe Dante, 1985), a pesar de tener su qué, no pudo ganar la refriega y fue arrollada por los muchachos de los muelles de Goon.

Hostiazo sin embargo pequeño, si lo comparamos con el que se metería un año más tarde el Gooniexploitation con refrito postapocalíptico –Los Madmaxploitation ya lo estaba pegando fuerte en la rigurosa Italia– Guerreros de sol (Solarbabies. Alan Johnson, 1986). Cuenta la historia de un futuro muy jodido donde la mayor parte del agua ha desaparecido de la Tierra. Un grupo de adolescentes sobrevive a este panorama en un orfanato, bajo las reglas de los despóticos nuevos dictadores de la Nueva Tierra. Un día encuentran una pelota mágica que les dota de poderes… Aventuras sci-fi, goonies en el apocalipsis patinando con chichonera. Solarbabies fue una de aquellas producciones yankees que todavía llegaron a rodarse prácticamente por completo en Almería. Un profesor que tuve, ya fallecido y cuyo nombre no voy a citar, que trabajó en la producción del filme, nos narraba como, cruelmente, el pobre niño Lukas Haas recibió el apelativo de “El 600” por parte del equipo español; y todo por sus orejas, que le asemejaban al vehículo de la Seat, visto de frente con las puertas abiertas. Lukas Haas, el niño de los pabellones auditivos gigantes, contra los pérfidos y sudados españoles del desierto: más aventuras.

Y del mismo año es otro engendro cinematográfico a la zaga que, sin embargo, goza de una mejor categorización, por eso de que si la fórmula se emplea para hacer género se degrada, pero si se utiliza para el drama del nivel que sea, su prestigio crece –no es que lo piense yo, a mí tampoco me mola, pero sucede–: Cuenta conmigo (Stand by Me. Rob Reiner, 1986). Nominada al Oscar en 1986 al Mejor guión adaptado y al premio al Mejor Director del Sindicato de Directores (DGA).

PANDILLAS_VI_04
Ethan Hawke, Bobby Fite, River Phoenix y sus muñecos, en un fotograma de la inconcebible Exploradores (Explorers. Joe Dante, 1985) © Paramount Pictures
PANDILLAS_VI_05
En similar pose: Jami Gertz, Lukas Haas, Peter DeLuise, Jason Patric y James Le Gros, los niños perdidos de la postapocalíptica Guerreros de sol (Solarbabies. Alan Johnson, 1986) © Brooksfilms, MGM

Stand By Me (sí, igual que el tema de Ben E. King) es “la peli es de los niños que hacen un viaje para ver a un muerto”. También conocida como “la peli donde varias personas se vomitan unas a otras”, “la peli de los niños a los que les pican las sanguijuelas en la picha”, o “la peli donde sale Corey Feldman con River Phoenix”. Todo el mundo la conoce, todo el mundo la ha visto, la ponen (ponían, más bien) mucho y a todo el mundo gusta.

Cuenta Conmigo es una de esas producciones familiares, de las que habla sobre la pérdida de la inocencia. Unos chavales, cada uno con su inseguridad y su miedo concreto, que deciden emprender un viaje simplemente para poder ver “en vivo” el cadáver de un joven que, se rumorea, anda perdido en algún lugar de la montaña en un pequeño pueblo de Oregón. Así, Gordie, Chris, Teddy y Vern campan por una América bucólica y de postal, de los años de Doo-Doo Wah, que no deja de ser un nido de represión que vela por perpetuar la ingenuidad infantil y los valores más rancios. Un guión adaptado de una novela de Stephen King, y tejido por ese señor que lo mismo acierta y da lugar a películas memorables, que nos amartillea los sesos a todos con sensiblería de la peor, Rob Reiner. Ésta está a medio camino entre lo uno y lo otro. John Cusack es el hermano muerto del prota; Richard Dreyfuss, un escritor que hace de off para narrar la historia (realmente es Gordie de mayor); y Kiefer Sutherland, el malo malísimo, que lo mismo jode a batazos los buzones de toda una urbanización, que agrede a los chavales brutalmente.

Un año más tarde se estrenaría la anteriormente citada Aventuras en la gran ciudad (Adventures in Babysitting. Chris Columbus, 1987) llena de las cosas que tenían que tener siempre esas pelis: una chica guapa con el pelo rizado (en este caso, era la monumental Elizabeth Sue), musicote pop con bien de percusión y sintetizador analógico, diálogos llenos de picardías (en plan palabrotas y algo –poco– de verdor), pandilleros molones con ropa de cuero y navajas automáticas, y algo de acción. El eslogan del cartel lo dejaba bien claro: “De los creadores de Los Gremlins y Los Goonies”. Y si al viejo crítico grupoprisero Fernando Morales le pareció, en uno de sus pases en TVE1, “pasable y poco más” es que no está mal. Y en verdad no lo está.

STAND BY ME
Gordie (Wil Wheaton), Chris (River Phoenix), Vern (Jerry O’Connell) y Teddy (Corey Feldman), la pandilla aventurera de Cuenta conmigo (Stand by Me. Rob Reiner, 1986) © Columbia Pictures Corporation, Act III Communications

Los niños en cuestión están aquí capitaneados por una canguro semi-adulta, con lo cual, la peli hace trampa en este ranking, pero siguen siendo aventureros (en la gran ciudad, además). La película cuenta la historia de Chris Parker, una joven que en la noche de actos desqueda con su noviete de muy mal rollo y entonces accede a cuidar de dos hermanos, el tímido Brad (Keith Coogan) y la pequeña Sara (Maia Brewton), fan de Thor. Su amiga Brenda (Penelope Ann Miller haciendo de nerd), le llama por teléfono desesperada, contando que se acaba de escapar de casa y que ha perdido las gafas en el metro y que tiene miedo, y que bla, bla…, vamos, que hay que ir a buscarla. Les acompañará Daryl (Anthony Rappel), amigo y vecino de Brad, típico colega salidorro y bocazas, obsesionado con que Chris es la chica del mes de no sé qué revista porno, muy pesado y nada sagaz. Ya tienen la tarde echada. Juntos partirán, atravesando Nueva York entera, en búsqueda de la pobre Brenda.

Resumen: aventuras mil. Se enfrentarán a pandilleros a lo videoclip de Beat It, viajarán en la furgoneta de un pistolero manco, cantarán en un club de jazz (¿”Baby canta Blue”?, las canciones no se deben doblar, nunca), destaparán una red de ladrones de automóviles, treparán por la fachada de un rascacielos, pillarán al novio de Chris en flagrante adulterio, conocerán al mismísimo Thor, que curra en un taller de coches… Escenas memorables: Brenda confundiendo a una rata enorme —por cierto, real— con un gato y, por supuesto, la aparición de Vincent D’Onofrio (as Vincent Phillip D’Onofrio) citada más arriba, en el papel del Dios del Trueno de la Marvel; bueno, vale, no lo dejan claro, pero tampoco cierran ninguna posibilidad cuando la niña Maia Brewton (la recordarán haciendo de la hermana de Parker Lewis) le ofrece su casco con alas y él dice: “no, ya tengo uno en casa”. Tiene remake, pero mejor lo vamos a soslayar de todo punto.

Centrémonos mejor en Una pandilla alucinante (The Monster Squad. Fred Dekker, 1987), que eso sí que es ejemplo de guión reconvertido en riguroso gooniexploitation, cambiando la formulación del tesoro pirata, por la maldición milenaria de un buen monster mash halloweenesco. Una pandilla alucinante era una de esas pelis de verano de la que todos los chavales repetían frases —sobre todo aquel cacho de “Dale una patada en las pelotas” y “¡El hombre lobo tiene pelotas!”—. Como las demás, esta cinta nace del ahínco de aprovechar exactamente el mismo tirón que los críos de Richard Donner. Véase niños algo sobrados que dicen palabrotas, con un amigo gordo en la pandilla y un hermano mayor algo tocapelotas, que se hacen coleguillas del monstruo bueno (allí Sloth, aquí el monstruo de Frankenstein –interpretado, por Tom Noonan–) y que luchan contra cosas que dan miedo en sitios lúgubres, cuevas y así.

PANDILLAS_VI_07
Aventuras en la gran ciudad (Adventures in Babysitting. Chris Columbus, 1987) y Una pandilla alucinante (The Monster Squad. Fred Dekker, 1987), “gooniexploitations” de los buenos © Touchstone Pictures, Silver Screen Partners III / HBO, Keith Barish Productions, Taft Entertainment, TriStar

El director es Fred Dekker, cineasta de oficio autor de guiones de pelis tales como Ricochet y director de Robocop 3 y El Terror Llama a su Puerta, y la historia, adaptada de una homónima serie de televisión de mediados de los setenta titulada precisamente The Monster Squad (Stanley Ralph Ross, 1976). Está escrita al alimón por el propio Dekker y… (redoble de tambores) por el inefable Shane Black, que casi merece un artículo para él sólo. Su sinopsis invita al solaz más refocilado y al palomiteo absoluto, cuando no directamente a pasar:

“Cada cien años el Mal intenta regresar a la Tierra para imponer su orden y quedarse para siempre. Muchos luchadores del Bien se han quedado por el camino, como es el caso de Van Helsing, pero en cierto modo han cumplido su cometido, que es expulsar al Mal por otros cien años. En la actualidad está a punto de cumplirse el plazo de cien años, y en esta época de incredulidad sólo unos niños podrán salvar a la Tierra de tan oscuro designio…”

De eso va; nada de críos que se pierden por el bosque y se ponen a bailar con adultos maquillados. Una pandilla alucinante está repleta de acción, peligro y una pátina del humor más macarra. La Momia reglamentaria da mucho asco, llena de roña y con la calavera pelada; las transformaciones del Hombre Lobo son violentas y dolorosas; Drácula es un cabronías y tiene a sus concubinas buenorras de siempre… Aunque el propio Dekker reconociera que fue una influencia decisiva Abbott y Costello contra los fantasmas (Bud Abbott Lou Costello Meet Frankenstein. Charles Barton, 1948) que, si no la han visto se la pueden imaginar, The Monster Squad no supone otra parodia a costa del catálogo de monstruos de la Universal bailando al son de Bobby “Boris” Pickett en plan fiesta de Halloween. En absoluto. Aquí hay impactos de bala, sangre, heridas, mucha hamartía, mucha más anagnórisis, sarcasmo, insalubridad, caretos protésicos creados por el mismísimo Stan Wiston… hay personajes tan macarrones como el propio Van Helsing en persona y Rudy, un chaval algo más mayor que los protas, de estética Rocker de los 50, que fuma y dispara con arco…

PANDILLAS_VI_08
“¡Buenas noches, señor monstruo!” © HBO, Keith Barish Productions, Taft Entertainment, TriStar

Los chavales protagónicos son lo que ahora las masas ágrafas llaman “frikis”. Chicos que aman las películas de terror y no son precisamente lo que se dice muy populares en clase. Se enfrentan a todos los monstruos mientras hablan de ellos y de toda la mitología que los rodea: cómo se les mata, de dónde salen, si tienen o no pelotas… Y todos y cada uno de los mitos se recrean desde una suerte de metaficción donde el Hombre Lobo es bueno cuando es humano, funcionan las estacas, las balas de plata, las porciones de pizza con ajo y los cartuchos de escopeta (por lo menos, con la Criatura del Pantano). Como curiosidades, decir que Liam Neeson fue contratado para un pequeño papel cuya escena ni siquiera se llegó a rodar, destacar que existe una versión del filme en 4:3 y con un etalonaje horroroso y… bueno, poco más.

Cerraremos el fascículo, y por tanto la serie, con el proyecto que no podía faltar en todo este exploit. La visión que los románticos pícaros de la Cannon Group, los imprescindibles del entertaiment ochenter Mehamen Golam y Yoran Globus, quisieron parir para reaproveche del filón: la casi-casi inacabada Viaje al centro de La Tierra (Journey to the Center of the Earth. Rusty Lemorande, Albert Pyun, 1988).

El Viaje al centro de La Tierra de Golam y Globus pretendía servirse de la estructura del clásico de la literatura de aventuras homónimo para ser una suerte de Goonies tan sui generis como el resto de productos de la compañía, donde los personajes de Verne eran sustituidos por unos jóvenes modernos al cuidado (otra vez) de su niñera, por mor de una “gooniexplotación” y de afianzar el estrellato de la modelo emergente –de la que ya nadie se acuerda– Kathy Ireland. Y menciono que casi-casi no se acaba porque este filme llegó en plena debacle de la Cannon Group, cuando todo se le estaba yendo de las manos a los socios israelíes. Viaje al centro de La Tierra se rodó con un presupuesto más que ajustado, llevando impagos a cabo y dejando los efectos especiales de postproducción sin terminar —en una peli llena, llenita, de efectos especiales de postproducción—.

PANDILLAS_VI_09
Pósters de Alien from L.A. (Albert Pyun, 1988), inédita en nuestro país, y su secuela Viaje al centro de La Tierra (Journey to the Center of the Earth. Alber Pyun, Rusty Lemorande, 1988), ambas basadas en la novela de Julio Verne © Cannon Group

No había más pasta que meterle a la criatura en un período donde Globus y Golam no hacían más que vender propiedades para no seguir palmando. Así que la cosa terminó por quedarse a medias, completamente inconclusa. Era 1986 y los rollos de película no se desempolvarían hasta 1988, cuando el realizador Albert Pyun se volcó en rodar con la Ireland Alien from L.A. (Albert Pyun, 1988) mientras se terminaba Viaje…, con la intención de estrenarse primero. De modo que Viaje al centro de La Tierra quedaba como una secuela de Alien from L.A. y, esta vez sí, se atrevía a utilizar el título de la novela de Julio Verne. ¿No hay para acabar una? ¡pues hacemos dos! Cosas de los de la Cannon.

No hay comentarios

Dejar una respuesta