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¡Que el mundo pare de girar! Se ha estrenado una cosa llamada Stranger Things (Duffer Brothers, 2016-), una serie de televisión que parece hecha para mí, ciudadano de cualquier sexo y clase social —primermundista, eso sí— que ahora pueda ser considerado “de mediana edad”. Como cantaban los Killing Joke en su hit —del que luego se pegarían una buena plagiada los de Nirvana— efectivamente… “We’re living in 80’s!”.

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Póster promocional de la primera temporada, al más puro estilo de los carteles de la época de Drew Struzan e imitadores © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

Eso parecían vociferar por pasillos de oficinas, barras de bar y puertas de colegio, adultos de todas las condiciones al descubrir ante sí, tamaño atrevimiento mainstream. Desde que se estrenara el pasado 15 de julio esta nueva serie de Netflix, nadie ha podido escapar a, cuando menos, oír hablar acerca de ella. Una genial idea para reincorporar a la ficción seriada, a todo un público que se da por amortizado a priori, respaldado en el buen funcionar de lo nostálgico.

“Ver Stranger Things es como asistir a los grandes éxitos de Stephen King. Y lo digo en el buen sentido”

Stephen King.

El público ha crecido lo suficiente como para tener líquido para gastar, pero no lo bastante como para desestimar como caduco lo que le pertenece por generación. Otras veces se ha hablado aquí de determinados procesos que tienen lugar en el ámbito de la cultura popular actual; pero, sin llegar a tales males, es bien cierto que, desde hace más de una década, la gran industria hollywoodiense es consciente de la expansión del target y, como siempre, permeable a las demandas del anzuelo en el que “más pican”. Si bien Stranger Things podría haber contado casi con un capítulo propio en todo este tinglado serializado que hicimos, sobre pandillas infantiles de aventureros, e incluso haber formado parte de aquella entrega sobre la Gooniexploitation coetánea al filme de Richard Donner, mejor la apartamos aquí, en un capítulo en el que también cabría Super 8 (J.J. Abrams, 2011) –que también nos dejamos “olvidada”–, y que es una suerte de gooniexploitation pero a posteriori, a toro pasado, pasado por el revival más refriting para sorprender de nuevo a los devoradores de series de manta y bacinilla. También es a toro pasado este artículo, que todo el mundo –doy por hecho– habrá visto la primera temporada entera y andará ya, frenética perdida, esperando ansioso la segunda.

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Los jovencísimos actores Caleb McLaughlin (que hace de Lucas), Gaten Matarazzo (Dustin “el mellao”), Finn Wolfhard (Mike) y Millie Bobby Brown (Eleven), la pandilla aventurera protagonista de Stranger Things (Duffer Brothers, 2016-) © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

Ante el aluvión de escritos, ensayos, impresiones, cartas de amor y elucubraciones varias acerca de la serie, despuntan en el paisaje básicamente dos vertientes de opinión claramente contrarias: la primera, que es la de aquellos que, dejados por la pasión de lo generacional y el recuerdo de tiempos mejores, defienden la magnanimidad de la obra por encima de cualquier análisis objetivo, seducidos por los homenajes, guiños y odas a todo aquel cine; y la segunda, la de aquellos que, asqueados por tamaña montaña de explicitud referencial sin sutilezas, desestiman el producto sin admirar los pormenores de la arquitectura industrial de la propuesta.

Porque la verdad es que sí, queridos, en Stranger Things las referencialidades llevan estandarte, capirote y carraca. La serie creada por los Duffer Brothers (que así firman, como una empresa de fontanería) va siete pueblos más allá que el Super 8 con monstruo del nuevo chico oro de J.J. Abrams y saca hasta pósteres en las paredes y todo, sin buscar pinceladas sutiles en juegos de metaficción ni nada. Pretende ser un compendio de películas que jamás se rodaran en los ochenta, aunque en su desarrollo, es tan sólo el entorno donde desarrollar un nuevo thriller made in Netflix –que eso, oiga usted, ya es bastante título, que el canal éste nuevo no tiene una mala, se lo digo como auténtico tragaldabas de su catálogo–.

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El misteriosísimo proyecto 11 (Eleven), una niña sometida a perrerías científicas para desarrollar superpoderes fantásticos, en un experimento del que parten las “cosas extrañas” que acontecen en la serie © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

Lo de administrar los guiños parece obra baladí, un esfuerzo apto para cualquier alma de cántaro, pero tiene “su aquel”. La referencialidad ha de ser medida con sosiego para que no suene a parodia; y ha de distinguirse el supuesto “mundo real” de la ficción de la serie, del “mundo ficticio” de la misma —las películas que ven los personajes, y los libros que leen, así como las referencias que hacen de los mismos— y todo eso ha de comérselo uno a la hora de pegarle un visualizado a la serie.

En este sentido, bueno ha sido el ojo de los Duffer a la hora de no intelectualizar ni el material, ni las ínfulas desenfadadas de origen, a no privarse del terror –hasta el punto de abandonar los ademanes 80’s y solventar tales secuencias con los usos de hoy–, pero tampoco de la acción y, por supuestísimo, del humor. De ese humor de entrelíneas, macarra, perplejante, soez, incorrecto, o lo que usted prefiera. Como bien vimos en la entrega pasada, los Goonies trascendieron, no por jugarse la vida en sus aventuras –que de eso, ya había mucho escrito y rodado–, sino por decir palabrotas, beber y hacer alusiones sexuales. En definitiva, por el humor, y concretamente por ese ser gamberro tan propio de la cúpula post-punk de esta plastificada década de neón; que, dicho todo esto, sí que es verdad que le falta a Stranger Things –un poquitito nada más, eh, aunque igual es cosa de un servidor, que va aumentando su nivel de tolerancia conforme aumenta el de escepticismo–.

Siendo justos, dividamos este desentrañamiento en dos partes: 1) Para todo aquel que guste de referencialidad en crudo, de buscar con el dedo pegado a la pantalla, de fijarse en la frase y cagarse en el raccord, Stranger Things puede ser su serie –siempre que su afán completista no recale en otra cosa, claro–. En esta serie puede encontrar la añoranza reviviendo la magia infantil que le hiciera vibrar de pequeño. Con Stranger Things puede llegar a emocionarse como con un viejo álbum de cromos encontrado en un cajón, o con un mix de La década prodigiosa.

Máquinas de videojuegos para recreativos grandes como contenedores de reciclaje, bicicrosses de sillín con respaldo, cintas de VHS y Beta-Max, profesores con bigote, luces texturizadas, cotilleos entre puertas abiertas de taquillas de instituto, toscas action figures de Star Wars, timoratas pérdidas de virginidad en guateques domésticos, gente fumando en espacios públicos cerrados y en horario laboral, acoso escolar sin vigilancia adulta antes de que se llamara mobbing, acordes de teclado electrónico analógico que parecen brotar del cuarto de baño de John Carpenter —genialérrimos, por ciertos, los temas originales para la serie, del grupo Survive—, ouijas, teléfonos fijos, The Bangles, el juego de rol de Dragones y Mazmorras

Stranger Things
E.T., el extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial. Steven Spielberg, 1982) + Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) + Carrie (Brian De Palma, 1976) + El club de los cinco (The Breakfast Club. John Hughes, 1985) + Alien, el octavo pasajero (Alien. Ridley Scott, 1979) + Juegos de guerra (WarGames. John Badham, 1983)… © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre
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… + Los Goonies (The Goonies. Richard Donner, 1985) + El resplandor (The Shining. Stanley Kubrick, 1980) + Cuenta conmigo (Stand by Me. Rob Reiner, 1986) + La cosa (El enigma de otro mundo) (The Thing. John Carpenter, 1982) + Lifeforce, fuerza vital (Lifeforce. Tobe Hooper, 1985) + Legend (Ridley Scott, 1985)… ¡un no acabar, eso es Stranger Things! © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

El serial para la interné de los hermanos Duffer es un tren de la bruja con un trayecto lleno de codazos en el tríceps de tu compañero/a. La idea de “guiño” trasciende a la metáfora convirtiéndose en una herramienta narrativa más. La serie es un espectáculo interrumpido por capítulos sesgados en su máximo clímax de suspense, con su trama entretejida por escritores muy al loro, donde el cuidado del reparto de sus hamartías, plot-points y elementos de distracción de su guión coincide con la siembra de detalles de arte, fotografía, vestuario, peluquería y semovientes al servicio de la referencialidad más restringida, la alusión más popular, o el easter-egg –ni siquiera se si se escribe así– más rebuscado. A este respecto, no esperen el sumun de la semiología y la praxis, eh, a veces la referencia se basa en una frase o el planteamiento de algo ya conocido; otras veces, primero se llega a citar el altercado, bromeando con la fuente original –inesperada del todo, la secuencia resultante del diálogo sobre “ir a ver Poltergeist”–, o se tira de póster pegado en la pared o de portada de disco casualmente colocada favoreciendo a cámara sobre la estantería.

Que lo “ochenter”, como digo yo, funciona es una obviedad. Primero porque ya se han gastado otras épocas, segundo por… ¡porque toca! Los niños de los Chumbrinls (no existen tales muñecos, no los busque en el Imdb) ahora tienen de treinta y cinco para arriba. Y, si bien estaba ya todo sobradamente impregado de reboots, remakes y puestas a punto variadas, faltaba el producto nostálgico ausente de reinvención. Es decir, que había ya mucha cosa de los ochenta repintada y pulida para transcurrir en la actualidad, estaba faltando la serie –y más, a una década vista de la aparición de la “serie de prestigio”– cuya ficción, lejos de aludir, transcurriera directamente en dichos ochenta.

Esto no es nuevo, desde luego, ni siquiera es nuevo el concepto ochenter ligado al menor de edad aventurero. El cine nos ha dejado la citada Super 8 que, sin embargo, no lleva a cabo esa idea de “metaguiño” absoluto, de ver las cosas desde fuera. Super 8 transcurre en los 80, con sus ideas y discursos, haciendo transcurrir a los personajes por la película con la mayor naturalidad posible; mientras que la serie de los Duffer deja esa sensación de ser observada por sí misma, a través de una cuarta pared absolutamente cómplice con el espectador, casi en todo momento, idea de comparten otros productos de revival ochenter actuales tales como el largometraje canadiense indie Turbo Kid (Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell, 2015) o, en el mundo editorial, el excelente cómic de Paper Girls, el comic escrito por Brian K. Vaughan –el de la magistral Y, el último hombre (Y: The last man. 2002-2008)– y dibujado por Cliff Chiang. Trabajo éste último que, puestos a comparar, me parece una fuente de inspiración mucho mayor que el homenaje de J.J. a su maestro Spielberg.

In this film publicity image released by Paramount Pictures, from left, Kyle Chandler, Joel Courtney, Elle Fanning and Ron Eldard are shown in a scene from "Super 8." (AP Photo/Paramount Pictures, Francois Duhamel)
De izq. a dcha.: Kyle Chandler, Joel Courtney, Elle Fanning y Ron Eldard en una foto promocional de Super 8 (J.J. Abrams, 2011), el primer artículo de cinefília nostálgica hecho por y para fans de la “factoría Spielberg” © Paramount Pictures, Francois Duhamel
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Mae, K.J., Erin y Tiffany, las jóvenes repartidoras de periódicos, adolescentes ochenter, del tebeo de ciencia-ficción Paper Girls, de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang, colección actualmente en curso © Image Comics

Pero, ¿y qué pasa con el segundo grupo?, ¿qué pasa con aquel a quien la nostalgia le resbale por la panza como un mero untado vivo en vaselina?, ¿y de aquel –que ya los hay– que haya nacido, por ejemplo, en 1991?, pues también: 2) Para todo aquel ajeno a este cuento, por mucho que para muchos —entre los que me cuento, no se me enfaden los niños grandes— sea More than a feeling, puede encontrar en las ansias vintage del producto, un mero escenario sobre el que situar una propuesta de terror y ciencia-ficción absolutamente disparatada y cañera, difícil de encontrar en estos tiempos de descafeine, donde hasta la gente de modales patibularios se da a la pasarela y al yogur con cosas microscópicas.

“Stranger Things puede ser muchas cosas: King, Spielberg, los 80, incluso yo mismo. Pero lo que es, por encima de todo, ¡es buena!”

Guillermo del Toro.

Precisamente en esta paradoja con respecto a la vida real, reside el mayor peso de la premisa dramática abstracta de esta serie. Independientemente de su nivel en un análisis más pormenorizado (que si hay éste o aquel hueco en la trama, que si a tal personaje no le ha dado tiempo a llegar a “nosedónde”, que si Winona está mmmmmuy arriba…), la mera existencia de un trabajo como éste, en sus tiempos puro material mainstream de cualquier presupuesto imaginable, convierte a Stranger Things en un espectáculo más que agradecible. Una remembranza de la década del despilfarre y el hedonismo, vista desde del desengaño del siglo XXI, como un documento absolutamente incendiario que derriba el ideal de sociedad de consumo desde su propio origen. Ahora que encontramos en la vida real cosas que en los 80 eran material de tebeo sci-fi y de imaginación autoral, pergeñadas para bromear acerca de un futuro aterrador… ahora que todo eso es verdad, aterra aún más una trama de niños desaparecidos y de experimentos psico-sociológicos, de gobiernos que mienten… Stranger Things aterra hasta en sus tramas secundarias, aquellas que hablan de las relaciones familiares o amorosas de sus personajes. Aterra porque ya conocemos el futuro de esa generación, tomen la decisión que tomen.

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Jóvenes ocultos. En la imagen, ochentera a más no poder, los actores Charlie Heaton ( Jonathan Byers, en la ficción), Natalia Dyer (Nancy) y Joe Keery (Steve), triángulo adolescente amoroso confuso, al tiempo que cazadores de monstruos caseros autodidactas © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

Es precisamente, de achacársele algo seriamente, en estos lares de las tramas secundarias y personales, que en ocasiones falte ese descaro aludido anteriormente, claro que quizá los ademanes dramáticos de los desfavorecidos de El club de los cinco (The Breakfast Club. John Hughes, 1985), por poner un ejemplo, quizá no tengan la fuerza ni el ahínco que en su momento, por cambios en las costumbres en la comunicación –tema interesante éste, dense cuenta que en los ochenta no había móviles y había que hablarse literalmente a la cara–, por exageración o estar simplemente demodé.

Hay quien resalta la ausencia de shocks (no se si le he escrito bien, o si he puesto “calcetines” en inglés) en base a los “continuará”, como hacían en Perdidos (Lost. J.J. Abrams. 2004-2010) –por cierto, de J.J., que el reinvente es el reinvente, y los ochenta no son la única década fenecida–, que le dejaban a uno con los glúteos apretados, en máxima tensión de suspense (léase ahora pronunciando en francés). Disconformes con la manera de repartir la agitación entre los capítulos, como si hubieran de ser vistos uno por día, como en la tele de toda la vida. No entienden que estas cosas de Dios ya no se ven así, que eso es de estar mayores y no comulgar con estos tiempos, de redes sociales, robots que se pelean, bichos virtuales que sólo existen en el teléfono pero que se cuelan en fincas privadas y últimas tecnologías, así, en general.

Stranger Things está fabricada para ser “maratoneada” en dos tacadas. Finamente cuidada y cocida bajo vigilancia. Doy por seguro que ya tienen alguna gracia de final pensado y que la imbricación de las tramas hasta dicho final estará responsablemente repartida a lo largo de las temporadas que sean, no sea que se descorazone alguien como ya pasara con Lost.

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Little Shop of Horrors. Junto a los efectos CGI, que esos ya han venido para quedarse, se simultanéan los verdaderos efectos especiales de producción, con siliconas, glicerinas, colorantes alimenticios, plástico quemado y látex de la época © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

Lo arbitrario de su universo referencial que nos pueda molestar es tan sólo fruto de abrazar el mismo afán que los títulos, puro entertainment, a los que alude. Stranger Things es de esos proyectos cuyo mayor atractivo reside en la sencillez que muestran, cuando en realidad son producciones con un cuidado excepcional. Ya he cumplido con los Survive, la banda que compone temas originales –haciéndose pasar por made in 80’s– que con Kyle Dixon y Michael Stein haciendo el score, encumbran la atmósfera deseada subiendo a los altares del homenaje más cariñoso. Pero es que además se ha de decir que la propuesta de fotografía, pactada y diseñada por Tim Ives y Tod Campbell, donde se hace imposible distinguir la mano de uno o el otro, no desmerece para nada las ínfulas de Matt y Ross, los hermanos creadores del cotarro.

Y que el trabajo con los niños, completamente ajenos a la época y los filmes referenciados, es excelente, de un naturalismo muy difícil de conseguir, fruto sin duda de un coaching impresionante. Mención aparte merece el genial descubrimiento de Gaten Matarazzo, el chaval que da vida al chisporroteante y lenguaraz Dustin Henderson, el desdentado de la pandilla, la comparsa cómica de toda esta historia (el “Piraña” de la cosa, el “Gordi” si lo prefieren) que, por cierto, y así como curiosidad o cotilleo, es hijo de la espectacularísima Heather Matarazzo, la que en tiempos fuera la incorrecta niña protagonista de la imprescindible del american 90’s indie Bienvenido a la casa de muñecas (Welcome to the Dollhouse. Todd Solondz, 1995), el desalmado semidebut del citriquísimo Todd Solondz. Vamos, que le viene de familia al crío, todo ese duende gitano que tiene.

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¿Qué nos deparará 2017?, ¿más cosas extrañas, quizá? © 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre

Ahora se empiezan a oír tiros “de la era” acerca de la segunda temporada, no puede quedar nadie sin haberse visto enterita ya, toda, la primera. ¿De qué va a hablar usted en el spa, la oficina o la ferretería? Esperemos a ver qué ocurre con todas esas cosas suspendidas en el aire, cosas muy raras y de mucho misterio, cosas brillantes y mucilaginosas, cosas extrañas.

2 Comentarios

    • Muchas gracias, Mentxu! Viva Dustin el “desdenta’o”, mejor que Gordi, Data y El Piraña juntos. No deje de vivir en el oblivion 80’s y de leernos y comentar, pardiez!

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