Diario de un fotógrafo

Diario de un fotógrafo

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26 de julio de 2011

Es fácil sentirse un poco embaucador cuando hablas de creatividad. Al menos a mí me ocurre. Es fácil comprobar que, después de hablarles del proceso creativo, la mirada perdida que tienen algunos no es porque se hayan iluminado, es por todo lo contrario: ahora sí que no saben para dónde tirar. Antes era sencillo; seguías los dictados de tu profe, las recetas del manual técnico de moda, lo que te decían los tutoriales, las composiciones de tus ídolos fotográficos y, ¡voilá!, las fotos salían decentes, enfocadas, bien compuestas y de colores rabiosamente saturados.

 

Y ahora llega este colgado y nos toca las narices diciendo que hay que dejar por un momento de hablar de las herramientas, abandonar la espiral de autocomplacencia y empezar a formularse otras preguntas. Pero lo mejor viene al final: va y nos cuenta que nadie nos asegura nada, que uno ha de sentir algo en su interior que le empuje a tomar otro camino, que mientras tanto nuestras fotos seguirán siendo predecibles, terriblemente parecidas y faltas de personalidad. ¿Merece la pena pagar por esto? ¿Merece la pena pagar por que alguien te enseñe las maravillas que hay al otro lado de la puerta, y te diga, sin embargo, que no puede acompañarte? ¿Que has de recorrer el camino solo? ¿Que no puedes depender eternamente de que alguien te muestre qué, dónde y cómo fotografiar?

Margarita González lo llama la herida interior. Es una herida porque necesita cerrarse, y es interior porque nadie puede verla. Todo lo más sentirla. Hablamos de esto y de lo complicado de hacerle entender a la gente algo que no puede verse. Lo difícil que resulta cuando relatas algo referido a una necesidad interna y pretendes conectar con personas que no la han sentido. Como hablarle de budismo a un suicida musulmán con el pecho lleno de granadas de mano. Sí, ya lo sé, exagero. Es mi manera de sofocar un poco esa frustración que me causa el contar cosas que no tienen una aplicación práctica inmediata y que para muchos suena demasiado abstracto y lejano. Y ahora no exagero: hace poco me comentaban en la escuela de fotografía donde impartí mi última conferencia, que algunas personas se quejaban de que no les había dicho cómo tenían que hacer las fotos a partir de ahora. ¡Cómo voy a decírselo si no tengo ni idea! ¡Si ni siquiera sé qué fotos haré en octubre! Debería olvidarme del asunto y dedicarme, como hace Margarita, a disfrutar del contacto con los alumnos y de esos momentos mágicos en que intentas comunicar cosas en las que realmente crees. Debería asumir que es parte inevitable del paisaje y sólo soy uno más dentro de esa cadena interminable de fotógrafos que conocerán a lo largo de su vida.

Sí, yo también he tenido un puñado de alumnos que me han confesado haber visto la luz (la suya, claro). Pero creo ser lo suficientemente maduro para saber que no fue por mí, sino que fue por ellos. Porque eran personas que ya tenían esa hemorragia interna que pedía a gritos ser cauterizada. Porque ya arrastraban esa necesidad de cambio que nos empuja a ir más allá de lo realizado hasta la fecha. Se cruzaron conmigo igual que lo podían haber hecho con cualquier otra persona, y tarde o temprano habrían cruzado la puerta e iniciado ese camino fascinante de las imágenes más personales, menos tópicas y quizá hasta novedosas o únicas. Los maestros aparecen cuando estás preparado, y esto nunca lo sabe el docente, es el alumno quien lleva la carga de dinamita oculta en su interior. Puede ser una conferencia, un libro, un chaparrón en mitad de ningún sitio, una frase escuchada al azar, un desengaño amoroso, una borrachera de campeonato, un encuentro fortuito… Nadie sabe cuando detonará la carga y nuestra imaginación empezará a sangrar. Ni siquiera ella lo sabe.

Quizá por eso me cuesta tanto hablar de cómo hago las fotos. Porque es el desenlace de un proceso que comenzó hace semanas, meses o incluso años. Porque es sólo la parte visible de una cadena de acontecimientos, visiones y preguntas que desemboca en esa imagen y no en otra. Porque sigo pensando que los fotógrafos utilizamos las herramientas de manera bastante similar. Lo que cambia es la idea que dirige la mirada; esa necesidad que nos empuja a captar la sombra de un árbol y no el árbol entero. Y esa necesidad no puede imitarse. Uno no puede decidir sentir lo mismo que sintió su ídolo para circular por las mismas vías que ya recorrió el maestro. Podemos conseguir imágenes similares, pero nunca el proceso que las creó. Las heridas se sufren pero no son intercambiables; se relatan pero no pueden prestarse. Es demasiado sencillo narrar el proceso que ha seguido cada uno como si los demás pudiesen subirse al mismo vagón en cualquier momento. Eso sí es una estafa: contarlo como si fuese la enseñanza de una técnica que cualquiera puede llegar a imitar. Sé que a algunos puede parecerles descorazonador, pero el camino de la obra personal hay que recorrerlo en solitario. Los libros sobre creatividad están llenos de técnicas, preguntas, ejercicios y esquemas para generar nuevas ideas. Y la verdad es que no les falta razón; el problema es que el mejor libro sobre creatividad no nos convierte en fotógrafos originales, comprometidos y visionarios.

Sé que a pesar de que lo explico en mis clases tal y como lo siento, de que soy sincero y no engaño a nadie, esa pequeña frustración forma parte de mi naturaleza insegura: esa que siempre me recrimina que lo que cuento puede que sea inútil. Sin embargo, esta vez me salva el tópico: sólo por ese puñado de personas que han confesado que mis enseñanzas les sirvieron, merece la pena el esfuerzo y las comeduras de tarro.

 

www.fernandopuche.net

Nota: sólo permanece publicado, cada vez, el último post de Fernando Puche

 

 

 

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