Compartir

Cuando Richard Avedon se disponía a retratar a los célebres Duques de Windsor, conociendo que eran grandes amantes de los animales, les relató un luctuoso y ficticio incidente. De camino al estudio, había atropellado a un perro y había muerto. Ese detalle bastó para que la tristeza doblegara el gesto de los nobles británicos, y sus compungidos rostros quedaran inmortalizados en uno de los más famosos retratos del fotógrafo norteamericano.  Cuando Philippe Halsman (1906 Riga, 1979 Nueva York) se dispuso a fotografiar a estos mismos personajes, les pidió que saltaran. Sí, ¡que saltaran! Y el gesto de los Duques de Windsor fue esta vez jovial, alegre y desenfadado.

Esta anécdota puede servirnos para situarnos en la figura de uno de los más grandes retratistas del siglo XX, Philippe Halsman, y de cómo entendía su misión dentro de la industria editorial norteamericana. Mientras Avedon, otro de los iconos fotográficos del pasado siglo, pretendía quitar esa “máscara” del retratado en búsqueda de una hondura psicológica que caminaba por la vereda del amargor, el dolor y los “sueños rotos”, Halsman dirigía al retratado hacia el sendero de la felicidad, del gozo y de un “sueño americano” que todavía permanecía indemne por aquella época pre-guerra del Vietnam.

 © David García-Amaya
© David García-Amaya

Para Halsman la fotografía era una especie de juego al que dedicó toda su vida, con una entrega y pasión que es evidente a lo largo de su trabajo. Y con humor, sí, con humor. Esta comicidad que tan difícil es encontrar en la fotografía contemporánea, tan dada al hieratismo y la seria trascendencia, y que en el trabajo de Halsman se nos muestra como una bocanada de aire fresco. Tal y como recuerda una sincera frase del fotógrafo lituano-norteamericano en una muestra de la dualidad de su carrera: “En mi obra seria, me esfuerzo por hallar la esencia de las cosas y persigo objetivos quizás inalcanzables. Por otro lado, todo lo que tiene que ver con el humor ejerce sobre mí una gran atracción y mi vena infantil me empuja a todo tipo de proyectos frívolos”. A la que bien vale añadir otra de las pistas en forma de palabras que dejó para conocer su obra: “Ningún fotógrafo debería ser culpado cuando, en vez de capturar la realidad, prueba a mostrar las cosas que sólo existen en su imaginación“.

Pero la exposición Philippe Halsman. ¡Sorpréndeme!, que podemos disfrutar en CaixaForum Madrid hasta el 26 de marzo de 2017, nos va a descubrir todas las facetas del talentoso Halsman. Tanto de su mítica técnica Jumpology, donde consiguió que saltaran desde políticos como Richard Nixon, hasta estrellas del mundo del espectáculo como Marilyn Monroe, como del que es capaz de conectar con la genialidad de Salvador Dalí, y dejar un legado de imágenes a la altura del universal artista catalán. Y todo ello en un espacio expositivo a la altura de su obra, donde la claridad en el recorrido de su trayectoria hace comprensible su leitmotiv, y las piezas conviven en un orden correcto.

Entrada de la exposición © David García-Amaya
Entrada de la exposición © David García-Amaya

Aunque para empezar, mejor debamos profundizar en la biografía de Halsman para conocer también un poco más su obra. Nacido en Lituania, en 1906, perteneció a esa generación de creadores europeos que vivió en la capital mundial del arte en los años 30, París. Lugar donde todos acudían, desde los afamados pintores o escritores, hasta aquellos fotógrafos que querían ganarse la vida atraídos por sus posibilidades creativas y económicas. Por lo tanto, entró en contacto con el arte experimental y de vanguardia del periodo de entreguerras.

Además, fue un superviviente. Antes de llegar a París, viviendo en Viena, fue acusado de haber matado a su padre, en una historia que podía recordar al famoso “caso Dreyfus”, que denunció Emile Zola, donde su posición de judío parece que pesaba más que las pruebas reales de su encausamiento. Gracias a sus amistades con Albert Einstein y Sigmund Freud, pudo salir incólume de esta dramática situación, y encontrar refugio en la capital francesa. Allí, cuando ya era un reconocido fotógrafo para revistas de la época, tuvo que partir apresuradamente en 1940, cuando el ejército nazi invadió París. Su destino, como el de tantos y tantos cineastas, fotógrafos y creadores europeos y judíos, fue Estados Unidos.  Y allí, verdaderamente, vivió como propio ese “sueño americano” que tan presente estuvo en sus fotografías posteriores.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

La exposición no sigue un orden cronológico, sino que está dividida en cuatro grandes apartados, representados en 300 obras: su etapa parisina, las instantáneas de celebridades de la época, los retratos escenificados, y la colaboración con Salvador Dalí. Además de dos secciones especiales, centradas en su trabajo a lo largo de los años con Marilyn Monroe, y su proyecto Jumpology. Todo ello enriquecido por la variedad de soportes y orígenes de los que se nutre la exposición, desde hojas de contacto, a pruebas de impresión y fotomontajes originales. Gran parte de ellas provenientes del fondo familiar, y algunas nunca vistas hasta ahora.

Marilyne Monroe 1959 (c) 2013 Philippe Halsman Archive Magnum Photos.tif
Marilyne Monroe 1959, en una hoja de película plana Ektachrome. © 2013 Philippe Halsman Archivo Magnum Photos

Y lo que vamos a encontrar es un verdadero ejemplo de lo que es el arquetipo del retratista editorial, de lo que Annie Leibovitz representó durante los años 80 y 90, y Halsman desarrolló tres décadas antes. El fotógrafo para el que cada encargo representaba un reto, e intentaba siempre superarse a sí mismo, consiguiendo que los lectores quedaran sorprendidos ante la nueva ocurrencia que emanaba de la portada de la revista LIFE, colocando a ese gran personaje en una nueva e inverosímil situación. Muchas veces con el escenario teatralizado (Alfred Hitchock), otras con la luz y la sombra (Bobby Fischer), con la posición de la cámara (Louis Armstrong), con el fotomontaje (Jean Cocteau), o buscando la sencillez de un gesto (Woody Allen). Realizados siempre en sesiones cortas, donde primara la naturalidad y la comodidad del retratado. No había límites para un hombre que dominaba la técnica, poseía talento, y estaba al frente de un equipo que no escatimaba en medios de todo tipo. Sus retratos son una verdadera lección de recursos para cualquier aficionado o profesional de la fotografía.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

Aunque también hay que decir que Halsman es esclavo de un tiempo y de un estilo retratístico que podríamos denominar “popular” y accesible. No trabajaba para una publicación minoritaria, no estaba imbuido por ínfulas artísticas, trabajaba para la revista más vendida de la historia, la que representaba los sueños y las ambiciones de la mayoría de la sociedad norteamericana, y podríamos decir que casi de la occidental. Y esa ampulosidad en algunos casos, esa búsqueda continua del asombro, ha provocado que su estilo no posea de esa atemporalidad que impregna el trabajo de, por ejemplo, otros dos grandes del retrato editorial, Richard Avedon e Irving Penn, que hicieron de la aparente sencillez formal, una manera de centrar la atención en el personaje, para penetrar con mayor intensidad en su esencia, apareciendo desnudo ante un fondo blanco, o arrinconado en una esquina.

Dalí atómico 1948. Philippe Halsman Archive Magnum
‘Dalí atómico’ 1948. Philippe Halsman Archive Magnum

En este sentido, constatando el valor profesional y testimonial de los apartados representativos de su trabajo más conocido para LIFE, que ocupan dos de los cuatro grandes espacios de la muestra, las partes que me ha resultado más interesante han sido las que reflejan sus comienzos parisinos, con un estilo más austero y experimental así como la sección donde se presentan las surrealistas colaboraciones con Salvador Dalí. En París, influido por el movimiento de la “Nueva Visión”, podemos observar cómo Halsman aprende el oficio, prueba la fotografía de calle, realiza estudios de cabezas de mendigos o empieza a retratar a celebridades de la época. En cada imagen, contemplamos los primeros atisbos y detalles de un fotógrafo deseoso de profundizar en la técnica y las posibilidades creativas de la cámara.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

En cambio, en el trabajo realizado con Dalí a lo largo de varios años, durante 47 sesiones, y que se plasmó en el resultado de 500 fotografías, ya en la madurez de su carrera, encontró el espacio propicio para desarrollar todas las fantasías que rondaban su cabeza, sin los límites comerciales de ninguna publicación. La afinidad y empatía que sintió con Dalí, supuso un verdadero reto en un trabajo colaborativo, que, aunque muchos puedan pensar que se desarrolló a mayor gloria del genio de Figueras, dado su temperamento arrollador y ególatra, surgía de ambos cerebros creativos, unas veces por idea de Dalí, y otras partiendo de la cabeza de Halsman. Así, en la exposición, podemos observar en las hojas de contacto, los entresijos de muchos de sus emblemáticos resultados, como Dalí Atomicus (1948), o esa locura de Pesadilla de una noche de verano (1949), a medio camino de ser una secuela de la obra victoriana de Oscar Rejlander y una especie de precuela sarcástica del conceptualismo contemporáneo de Jeff Wall.  Y esa joya en forma de libro fotográfico que fue Dali’s Mustache (1953-1954), que en Caixa Fórum Madrid podemos ver deconstruido en su maqueta, con ese juego texto e imagen, que ya utilizó Halsman previamente con el actor francés Fernandel en The Frenchman (1948).

Y tal es el amor por la imagen fija que destila esta muestra, que hasta en las deliciosas tarjetas que la familia Halsman enviaba por Navidad, algunas de las cuales podemos contemplar en una de las numerosas mesas vitrinas que enriquecen el paseo, había casi siempre un guiño y un juego fotográfico maravilloso. Hagan como Philippe Halsman, disfruten, pongan una dosis de humor e imaginación a la fotografía, y déjense sorprender.  Seguro que serán más felices.

Más información en:

1 Comentario

Dejar una respuesta