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Aún recuerdo aquel 24 de febrero, en el taxi de camino al aeropuerto internacional José Martí de la Habana, cuando por la radio anunciaban que Fidel Castro se retiraba definitivamente de la escena política. Corría el año 2008, y volvía de pasar unas semanas deambulando por Cuba, un país que guarda una estrecha relación con el ajedrez.

Fidel Castro jugando contra un combatiente del ejercito rebelde
Fidel Castro jugando contra un combatiente del ejercito rebelde Fuente: cubadebate.cu

Ese concreto día, su hermano Raúl Castro tomaba las riendas de Cuba, y era “elegido” nuevo presidente del país; un cambio que fue apercibido como un trasvase ideológico para muchos cubanos, tanto detractores como afines, y que supuso el inicio de algunas pequeñas reformas en un país asediado por el bloqueo norteamericano. El pasado viernes 25 de noviembre de 2016, Cuba se despedía definitivamente de Fidel Castro, tal como anunció su hermano por televisión.

“Con profundo dolor comparezco para informarle a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo que hoy 25 de noviembre del 2016, a las diez y 29 horas de la noche falleció el comandante en jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz.”

Raúl Castro

Siempre me fascinó el hecho de que una isla tan pequeña pudiera dar tanto de que hablar, ya fuera para bien o para mal, pues raramente es solo en un sentido. Pero por aquella época mi interés hacia Cuba no estaba centrado únicamente hacia la figura de Fidel Castro y su revolución cubana, sino hacia aquel país que vio nacer y crecer una de las leyendas más grandes del ajedrez.

José Raúl Capablanca, nacido en la Habana en 1888, fue campeón del mundo de 1921 a 1927, y seguramente uno de los mejores jugadores de la historia en cuanto a la concepción del juego se refiere. Se le ha considerado como el “Mozart del ajedrez”, debido al virtuosismo con el cual jugaba. Es, junto con Fidel Castro, uno de los personajes con más impacto internacional de la historia cubana.

José Raúl Capablanca, con 4 años, jugando con su padre (1892) © Imagen del libro "José Raúl Capablanca. A Chess Biography" de Miguel A. Sánchez
José Raúl Capablanca, con 4 años, jugando con su padre (1892) © Imagen del libro “José Raúl Capablanca. A Chess Biography” de Miguel A. Sánchez

No es de extrañar que uno de los clubs de ajedrez más importantes de la capital recibiera su nombre. Durante mi estancia en aquellas semanas de febrero de 2008 recuerdo pasar por el Club Capablanca, el año que se cumplía el 120 aniversario del nacimiento del genial jugador, para poder satisfacer mis ansias como jugador aficionado, subiendo por Humboldt hasta llegar a la Calle Infanta.

Si hubiera viajado dos meses más tarde, habría tenido la suerte de coincidir con Anatoly Karpov, que visitó el club en motivo de su reciente remodelación. Karpov siempre evoca, en los aficionados al ajedrez, esa interminable lucha contra Gary Kasparov, el jugador que más tiempo ha guardado la corona de campeón del mundo hasta la fecha. Mientras escribo estas líneas descubro, con asombro, que dicho club ya no existe, y que ha sido reconvertido en albergue para dar refugio a los afectados por las intensas lluvias que castigaron la capital cubana tres años atrás.

Cualquier lugar y momento es bueno para jugar una partida de ajedrez en La Habana © Clàudia Pujol / Raphaël Terris
Cualquier lugar y momento es bueno para jugar una partida de ajedrez (La Habana, 2008) © Clàudia Pujol / Raphaël Terris

No hacía falta, sin embargo, ir a ningún club para vivir el ajedrez en Cuba. Sentados precariamente en sendas cajas de plástico, aquellas que se utilizaban para cargar las cervezas Bucanero, dos cubanos estaban ensimismados en una partida cualquiera. Era una escena muy común en las calles de la Habana, donde cualquier lugar, cualquier tiempo, era perfecto para disfrutar del arte del ajedrez.

Un servidor observando una fotografía del Che, mejor jugador de ajedrez que Fidel Castro (La Habana, 2008) © Clàudia Pujol
Un servidor observando una fotografía del Che, que también compartió la pasión por el ajedrez (La Habana, 2008) © Clàudia Pujol

Reviviendo estas escenas, tropiezo con una fotografía que data de 1966, en la que aparece Fidel Castro “jugando” con otra de las grandes leyendas del ajedrez, el estadounidense Robert James Fischer, más conocido como Bobby Fischer. Del americano trasciende sobre todo su excentricidad, que ha dado origen a muchas películas y libros. Pero también por ser el primer ajedrecista de EE.UU. en poder rivalizar con el imperio soviético, cuna hasta entonces de prácticamente todos los campeones mundiales de ajedrez.

Bobby Fischer junto a Fidel Castro durante las Olimpiadas de 1966
Bobby Fischer junto a Fidel Castro durante las Olimpiadas de 1966; hace dos semanas se cumplía justamente el 40º aniversario de dicho evento. Fuente: cubadebate.cu

Pero antes de adentrarnos en la historia de esta fotografía, viajemos primero a 1966. Aquel año, La Habana era el escenario de la 17ª Olimpiada de Ajedrez. Cuba era un gigantesco tablero. Un total de 299 jugadores de 52 países se daban cita en la capital de la isla para jugar el evento más importante del año. Entre ellos, 38 eran Grandes Maestros, el mayor título que puede ostentar un jugador. Pero de estos 38, un hombre singular, Fischer, que por fin puede imponerse a la hegemonía rusa. Es el primer tablero del equipo norteamericano, que anhela la victoria contra el equipo soviético, liderado por Tigran Petrosian y Boris Spassky.

Pero no pudo ser. A pesar de los brillantes resultados individuales de Fischer, los rusos acabarían imponiéndose con facilidad en el torneo. Estados Unidos se conformaría con la plata, mientras que el equipo local, Cuba, conseguiría una meritoria decimocuarta posición, solo dos por debajo de España, una de las potencias mundiales de ajedrez. “Bobby” tenía 23 años por entonces; habría que esperar 6 años más para que se proclamara campeón del mundo en Reykjavik (Islandia), batiendo a Spassky en un torneo no exento de polémica, como todo aquello que rodeó al jugador americano a lo largo de su vida.

La partida más importante de las Olimpiadas de Cuba, entre Fischer y Spassky, acabó en tablas (1966)
La partida más importante de las Olimpiadas de Cuba, entre Fischer y Spassky, acabó en tablas (1966). Fuente: cubadebate.cu

Fidel Castro era el máximo responsable del Comité de Organización de las Olimpiadas, donde el ajedrez no era el único juego que se jugaba. Habían transcurrido solo cuatro años desde la crisis de los misiles de Cuba y la tensión política era más que palpable. Estábamos en plena guerra fría y la lucha en el tablero era un reflejo de la batalla ideológica entre americanos y soviéticos, capitalistas y comunistas. Y, a pesar de ello, allí estaban todos, unidos por una afición común.

Las Olimpiadas se celebraron en el famoso hotel Habana Libre, uno de los centros neurálgicos de la capital cubana, un símbolo en la historia del país. Su lobby era también frecuentado por turistas que, como un servidor, buscaban una conexión a la red de redes. El 25 de octubre de 1966, día en el que se inaugura el torneo, Fidel Castro llega al hotel y, después de la presentación, conversa con el profesor Filiberto Terrazas sobre el desarrollo del ajedrez en México, un tema que les apasiona. Es en ese momento cuando ambos deciden entablar una partida.

Una de las pocas partidas documentadas que existen de Fidel Castro, en este caso, contra Filiberto Terrazas, a la derecha (La Habana, 1966)
Una de las pocas partidas documentadas que existen de Fidel Castro, en este caso, contra Filiberto Terrazas, a la derecha (La Habana, 1966). Fuente: cubadebate.cu

Al parecer, Terrazas es mucho mejor jugador de ajedrez que Castro. Pero, casualmente, este último recibe ayuda de Tigran Petrosian –uno de los jugadores soviéticos más fuertes–, que se encontraba allí observando la “trascendental” partida. Evidentemente, la balanza empieza a inclinarse a favor del comandante en jefe; es el momento en el que el profesor decide a su vez pedir ayuda. Y no es otro que Bobby Fischer el que se encuentra a su lado en ese momento. La partida ha dejado de ser Terrazas contra Castro. La partida es ahora Terrazas/Fischer contra Castro/Petrosian. Pero la ayuda llega demasiado tarde. Las piezas negras derrotan a las blancas. “Castro” ha ganado a “Fischer”.

Fidel Castro recibe la ayuda de Tigran Petrosian (La Habana, 1966)
Fidel Castro recibe la ayuda de Tigran Petrosian (La Habana, 1966) Fuente: cubadebate.cu

Después de esta famosa partida, llega otra; esta vez juegan solos, sin ayuda. Se cambian los colores; Castro, con blancas y Terrazas, con negras. La apertura elegida, un gambito de rey, es una de la más arriesgadas que se pueden elegir con las piezas blancas, lo está en línea con el temperamento del líder revolucionario. Pero no le servirá de mucho; sin la ayuda de los grandes maestros, Castro sucumbirá en tan solo 19 jugadas, lo que se conoce en el mundo ajedrecístico como una miniatura –partida que no dura más de 20 movimientos–. Fidel Castro no era, efectivamente, un gran jugador de ajedrez.

Blancas: Filiberto Terrazas. Negras: Fidel Castro. 1.e4 e5 2.f4 exf4 3.Cf3 Ad6 4.d4 h6 5.e5 Ab4+ 6.c3 Aa5 7.Axf4 g5 8.Ag3 De7 9.Ae2 d6 10.exd6 cxd6 11.Da4+ Cc6 12.d5 Ad8 13.dxc6 b5 14.Dxb5 a6 15.Da4 g4 16.c7+ Ad7 17.cxd8:D+ Txd8 18.Dd4 gxf3 19.Dxh8 Dxe2 ++, jaque mate. (La Habana, 1966)

Según cuenta el propio testimonio de Filiberto Terrazas, al concluir la partida, aprovechan para comentarla y para hablar de ajedrez en general. En aquel momento, Fischer vuelve a intervenir para regalar a Castro un ejemplar de su obra ajedrecística, que se la dedica allí mismo. Al parecer, Fischer tenía cierta admiración por el líder de la revolución cubana.

Momento en el que Bobby Fischer le regala un libro de su obra a Fidel Castro (La Habana, 1966)
Momento en el que Bobby Fischer le regala un libro de su obra a Fidel Castro (La Habana, 1966) Fuente: cubadebate.cu

El impacto de la imagen de Castro contra Fischer es indudable; otra historia muy diferente es el uso que se hizo de ella en muchos medios, que olvidaron los entresijos de esta anécdota para buscar un titular fácil y sensacionalista, algo a lo que lamentablemente aún estamos acostumbrados hoy en día.

Pero más allá de los pormenores de la historia, y de las implicaciones políticas del evento, es siempre fascinante contemplar como un juego como el ajedrez es capaz de sentar en la misma mesa jugadores tan dispares, de mundos tan diferentes. Como, en un tablero, todas esas diferencias quedan difuminadas.


Nota: Justamente hoy, día 1 de diciembre de 2016, ha concluido el Campeonato del Mundo de ajedrez entre el noruego Magnus Carlsen, detentor del título, y el candidato ruso Serguei Karjakin, que finalmente no ha podido doblegar al vigente campeón.

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