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Caía la tarde en Wukro. Los tonos anaranjados tomaban el mando sobre un paisaje tamizado por ellos. El dorado acariciaba las esquinas de las casas y las personas. El cielo plomizo, con cierta bruma de arena flotando, redondeaba un sol perfecto languideciendo en el horizonte. Pareciese que el ritmo de la ciudad, de sus habitantes, se tornase más pausado; como unos juguetes que poco a poco van perdiendo su cuerda. Todo cobra un romanticismo magnético en esas horas mágicas donde el fotógrafo siente un flechazo de amor.

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A las afueras de Wukro, en una zona antigua rural, vemos atardecer desde sus montañas. ©José Luis Valdivia

El reloj hace tiempo que no lo miras porque te has habituado a ser solar como los etíopes, y sabes cuando nace y muere cada día regulando un cuerpo que se deja llevar por ello; que se vence como un niño agotado tras la larga jornada anhelando el abrazo de la cama. Adquieres un extraño orden para levantarte, las comidas, los quehaceres y el descanso muy difícil de instalar en las rutinas del mundo del que procedemos y que llamamos del “bienestar”.

Danait…

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Una de las últimas tardes a finales de septiembre que pasamos con Danait. Esperemos que hayan más. ©José Luis Valdivia

En una de esas tardes descritas, volviendo del centro de salud con un día ciertamente amargo tras ver niños, jóvenes y personas en general que enfermaban o morían por cuestiones que en otras latitudes están mucho más resueltas, encontré a Danait. Mejor dicho: ella me encontró a mi.

Subía por unas de las preciosas calles adoquinadas por la comunidad vecinal, dirección a la carretera que atraviesa la ciudad –artería principal de referencia–, cuando un “hello” emitido por una dulce voz infantil me sacó de mis pensamientos. Había visto a la niña sentada de lejos, como tantas otras personas que hacen vida en las puertas de sus casas. Su vestido morado era, ciertamente, un reclamo muy vistoso, y seguramente habría saludado como a tantos otros niños y personas que lo hacen de forma amigable. Pero fue distinto.

Me detuve ante su saludo. La miré e hice lo propio devolviéndolo. Ella movió tímidamente la mano saludando de nuevo. La escena enseguida sedujo poderosamente: una niña, sentada en un vetusto taburete como si de una anciana se tratase, portando un vestido morado algo raído y varias tallas más grande, junto a la entrada de su casa que, en tan solo dos elementos –la puerta y cortina– era un festín de colores. Su sonrisa emergió del rostro con hipnótica sinceridad. Creyendo que igual podríamos comunicarnos con la lengua de Shaskepeare, continué hablándole, comprobando que apenas conocía unas palabras en inglés. Las justas para haberme llamado la atención. Se quedó mirando la cámara con mucho interés, y haciendo el gesto universal de sostenerla entre sus manos, cerrar el ojo y apretar el botón de disparo, soltó otra palabra: “¿Foto?”. Quería que la hiciese una foto. Pregunté “si le gustaban la fotografía”, asintiendo con la cabeza y los ojos como platos ilusionada. Ni rastro de intención económica extendiendo la mano pidiendo dinero: se trataba de sincero interés por tener la foto. Por desgracia, como apuntaba alguna compañera de la plataforma de apoyo a Wukro, “los niños se están acostumbrando a pedir al extranjero”.

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La bonita calle donde conocí a Danait. Salta a la vista las ganas de prosperidad de la gente de Wukro. Se puede observar el gran número de árboles plantados gracias a la Escuela de Agricultura de la Misión de Saint Mary. ©José Luis Valdivia

Hice la foto. Esa primera foto que, vista en aquel momento y con la perspectiva del tiempo, no me convenció. No la hice cómodo sino con una extraña prisa y alejado de ella, porque aún estando en lugares remotos, es bueno pedir las cosas. Especialmente si entablas un trato más cercano y no tan periodístico que, como muchos saben, en el transcurso de unos sucesos te limitas a plasmar cuanto acontece frente a ti con más o menos orden y posibilidades.

En ese intervalo apareció su madre –Asqual– con bolsas de la compra, quien no puso mala cara ni hubo atisbo alguno de rechazo a que su hija hablase con un extraño. Al contrario. Tras decirle “buenas tardes”, Asqual, mirando con orgullo a su hija, expresó: “¿A que es muy guapa mi hija?”. Poco más que un gesto de aprobación era necesario ante tal evidencia. Ella misma también pide la fotografía, despidiéndose educadamente y entrando en su casa. Asqual, como comprobamos meses después, es una madre extraordinaria. Mujer cariñosa, atenta y estoica –como la gran mayoría de ellas–, frente al palpable abandono del hombre o las circunstancias en décadas pasadas que asolaron esa tierra.

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Seis meses después vuelvo a encontrar a Danait y su madre Asqual. Las bromas y alegría entre todos se suceden en cada visita. ©José Luis Valdivia

Ahí, en ese momento en el que ya estábamos relajados, con varias bromas de por medio y con la bendición de su madre, apareció como por arte de magia la fotografía. Todos los elementos encajaron con tan solo un golpe de vista, y con la cara de felicidad –o de payaso, vaya usted a saber– del fotógrafo, emergió otra sincera sonrisa de Danait engalanando una fotografía que acompañará para siempre a ambos.

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Danait, en la puerta de su antigua casa en nuestro primer encuentro una bonita tarde de abril.  ©José Luis Valdivia

Pasamos un rato juntos y me enseña una foto suya del colegio. En las siguientes semanas la vi un par de veces más, pero no sería hasta transcurridos seis meses donde estrecharíamos lazos. En septiembre de ese mismo año nos pasamos varias semanas buscando a Danait por la ciudad. Recordaba perfectamente la calle, su puerta, los vecinos, pero nadie parecía saber nada de la familia que allí vivió. Unos albañiles restauraban la entrada donde seis meses antes había plasmado la fotografía. Ellos tampoco la conocían. Decidimos llevar con nosotros la copia que le había prometido, mostrándola a niños y jóvenes de las inmediaciones. Fueron días de infortunio. La vida cambia allí drásticamente como de la noche al día en apenas nada. Seis meses daban para muchas cosas.

Una tarde, donde nuevamente llevamos la foto, paramos a unas niñas que jugaban en su antigua calle y rápidamente la reconocieron. Me cogieron de la mano y me llevaron a toda prisa a donde se había trasladado. Cuando aún quedaban como unos cien metros para llegar a la puerta de su nuevo domicilio, una silueta corre hacia nosotros con decisión: es Danait. Los reencuentros siempre son maravillosos.

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Tras el feliz reencuentro le regalamos la fotografía prometida. Le hace mucha ilusión y se la enseña a todos sus amigos del barrio. ©José Luis Valdivia

Danait ha cambiado un poco en este tiempo. Ha crecido y se ve más delgada. Su pelo luce más largo y tiene los restos del tocado de la fiesta de la ashenda. La casa –en realidad una habitación que sirve para todo– es algo más pequeña que la anterior. Pero eso no quita para que su madre la tenga muy ordenada y limpia. Asqual es consciente de ello para que sus hijos no enfermen. Verla colocar las cosas, limpiarlas, ofrecerlas y abrir su humilde espacio para ser compartido, son cosas que se te quedan grabadas en el corazón. Visitarles, sentirme su amigo, despertó un inusitado orgullo.

Supimos que el cumpleaños de Danait estaba cerca, siendo invitados al mismo. En otra de las visitas llevamos a nuestro querido amigo Daniel, uno de los huérfanos de la Misión de Saint Mary, para quien su ceguera no ha sido un impedimento para dominar perfectamente el inglés; o estudiar en una urbe como Adís Abeba de forma autónoma. Le pedimos que nos acompañase para poder traducir con la familia, ya que ambas partes deseábamos comunicarnos mejor. Fue una tarde sensacional. De Daniel, de su ejemplo de superación, os hablaremos debidamente, porque estudia como un jabato sacando sobresalientes en la carrera. No asoma por su carácter ni un ápice de rencor por la dureza de perder a sus padres por culpa del SIDA siendo muy pequeño. Cuando narraba el accidente o enfermedad que lo dejó ciego privándole tempranamente de poder disfrutar del mundo, su respuesta fue: “Cosas que pasan. El destino y la vida a veces son así”. Con una dignidad que te sacude el espíritu. Tal desprendimiento de rabia tan solo hace aflorar la bondad de un alma especial. Si tuviéramos que definir a Daniel sería con las palabras dulzura, inteligencia y eterna sonrisa. Quiere hacer derecho y psicología. Lo conseguirá, como con todo hasta la fecha.

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Danait y Daniel en la calle del domicilio al que se trasladó. Dos chicos que merecen el mejor de los futuros. ©José Luis Valdivia

Estos son los seres por los que sí merece una causa ser apoyada. NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía, con la que pude hacer este trabajo, ha destinado este año 24.000€ al programa de huérfanos. Estas son las historias que hacen que el trabajo de uno merezca la pena, que le reconcilien –en parte– con la humanidad, despistada últimamente con estupideces.

Danait cumplió once años rodeada de su hermano Diamond, su madre Asqual y las amigas del barrio. Preparó una injera vegetal riquísima con la que disfrutamos todos. La humilde estancia albergaba todo cuanto tenían, con sus dos camas, su estantería para los cacharros, el espacio para cocinar en el suelo y su aseo trasero. “Suficiente para ser felices y vivir tranquilamente”, me decían. Ahí estuvimos una buena tropa pasándolo en grande. ¡Mirindas para todos!

El cariño –y respeto– de ambos hijos por su madre era manifiesto. Observamos a Asqual que es una madre dedicada que no gritaba o tenía malos modos, razonando con sus hijos las cosas. Los besos y abrazos se dejaban entrever de forma espontánea: más de lo que muchas familias del “primer mundo” pueden presumir.

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Danait, su madre Asqual y su hermano Diamond. La religiosidad es más que patente con un Jesús en un gran cuadro iluminado. La mochila fue el regalo para que pudiese ir al colegio ese año. ©José Luis Valdivia

Nos despedimos de Danait –y toda su pandilla– con una última foto en otro bonito atardecer lleno de colores. Ese día jugamos al “escondite inglés”, el cual no conocían y gustosamente enseñamos para despiporre de todo el barrio que jaleaba a los chavales. Unos chavales criados en la calle, con sus vecinos, con sus amigos y juegos; con sus circunstancias. Imagen que evocaba a los parques y calles de nuestras infancias. Cuando los temores pasaban por los rasguños y la mercromina que te ponían después. Como ha cambiado el cuento por estos lares.

La historia de Danait es la historia de muchas otras ocultas. Cualquiera de las niñas que aparecen en la foto tienen la suya propia. Descubrirlas, aquí o allí, es lo que vuelve fascinante a esta profesión de vagar por el mundo con una cámara para contarlas.

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Danait y su grupo de amigas del barrio: Marhauit, Milien, Ashima, Majaderhs y Fukerta, al atardecer en nuestra última visita hasta el momento. ©José Luis Valdivia

…y la infancia en Wukro

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En uno de los festivales de los huérfanos, una joven se mantiene tras las telas presa de su propia timidez al ver a sus compañeros actuar; pero evadida en su particular mundo. ©José Luis Valdivia

“La imaginación tiene sobre nosotros mucho más imperio que la realidad.” – Jean de La Fontaine

Con la mirada perdida y los mundos de fantasía flotando. Así es como definiría a muchos de los niños y jóvenes de allí. Y les entiendo: la imaginación es un lugar maravilloso al que evadirse de la realidad. Uno gusta de hacerlo, y cuando tienes que desconectar para bajar de nuevo al mundo terrenal, la pereza que produce es mayúscula.

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Ellos también son un mosaico de abstracciones y mundo interior. La quietud en esta escena entronca con la vivida días antes metido en un depósito de agua poseído por el juego. ©José Luis Valdivia

Allá donde uno observase, se daba cuenta de un mundo interior especial. Cuando se es niño, brota todo un universo desprovisto de prejuicios que parece desaparecer al crecer. Los adultos, cierta educación y las normas sociales impuestas, mutilan actualmente aquello que quizás sería la fuente de dicha del individuo. Creer que todos y cada uno debe servir a un propósito según un determinado canon ha dado como resultado enormes frustraciones, abandonos e infelicidad. Meta en la ecuación la competitividad y la falta de empatía y veremos si somos capaces de resolver la incógnita…

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Otra de las niñas que asiste al festival, a pesar de la música y aplausos de los otros niños, se pasaba largos ratos evadida en su imaginario. ©José Luis Valdivia

¿Por qué hay tanta orfandad? Muy simple. Como comentamos en entregas anteriores, Wukro es una zona que podría denominarse “paso de frontera”. Esto da como resultado asentamientos de puestos militares. Si con ello llega la prostitución, las enfermedades como plagas, hambre, sequías y conflictos armados, con un sañudo SIDA que no da tregua, el resultado es una o varias generaciones de huérfanos en apenas unas décadas.

La Misión de Saint Mary tiene un programa de huérfanos que no reside en un establecimiento o edificio como tal. Fue una de las cosas que Ángel Olaran tuvo claro: distribuir a los niños con familias. Algunos tienen parientes vivos; otros ejercen de madres o padres de un determinado grupo. El objetivo para con estos cientos de niños y jóvenes, es proporcionales herramientas a través de la educación para que puedan ayudarse a sí mismos en el futuro de forma autónoma, sin descuidar una manutención básica imprescindible. La plataforma de ayuda al misionero a través de diferentes organizaciones españolas, tiene como foco principal el soporte al programa de huérfanos. La escolarización, el paliar el trabajo infantil, reducir las enfermedades, atender la discapacidad, entre muchas otras cuestiones, son problemáticas a las que se debe aún enfrentar aquella sociedad.

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Tras la interpretación de uno de los jóvenes huérfanos donde desgarradamente trata de entender por qué se fue su madre, los otros niños y adultos que asisten a la función enmudecen en silencio: son todos hermanos en ese páramo del dolor. Este niño, a pesar de su corta edad, entiende –y siente– ese vacío y no puede contener la lágrima. ©José Luis Valdivia

Los festivales, en los que participan mayoritariamente los niños huérfanos, tienen uno de sus impulsores en Tedy, el trabajador social, gran persona y dedicado profesional, dotado de una enorme paciencia y comprensión. Se representan obras teatrales, bailes de todo tipo, sketches de humor y cuanto se les ocurre para disfrute de la juvenil platea. Recorrer los rostros de los niños, sus miradas y gestos, dieron con la reflexión de la evasión a través del juguete más barato que tenemos: nuestra imaginación.

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El apoyo y cariño entre el grupo de niños es visible. Tanto los que tienen padres como los que no. La facilidad de abstraerse es fascinante. ©José Luis Valdivia
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Una de las jóvenes que presentaba ese día el festival salió guapísima a escena. Sus compañeras, al verla, la miraban asombradas, activando gestos de inocente feminidad y coquetería. ©José Luis Valdivia
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Aforo completo en uno de los sábados de festival. Una nena daba un recital de lo que era moverse bailando. ©José Luis Valdivia

Pero no solo nos topamos con estas muestras de abstracción a través de los niños de la misión o vinculados a ella, sino que en cualquier rincón de la ciudad la infancia y juventud se abría camino de múltiples formas.

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Un niño jugaba con unos amigos y un balón desinflado en los aledaños del campo de fútbol abandonado. A pesar de querer la foto, al estar frente a ella, afloró una delicada timidez. ©José Luis Valdivia

No muy lejos de este niño y sus amigos futboleros, otro chaval se pasea por el camino contiguo portando una caja de cartón en la cabeza. No tiene agujeros para ver, simplemente se guía por lo que ve a sus pies. Se oye su voz retumbar dentro de la caja. Acelera, frena y hace poses como si luchase entre caballeros. Le observamos todos cautivados y el clan de la “pelota” suelta una sonora carcajada casi al unísono. El caballero andante, presintiendo –o por mera curiosidad– que la cosa podría ir con él, se descalza el “casco de cartón” y nos dedica una mirada de las llamadas “mosca” por la interrupción. El idilio dura apenas uno segundos y nuestro Ricardo Corazón de León se ajusta de nuevo su “yelmo” para marchase camino abajo, prosiguiendo sus andanzas.

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Ricardo Corazón de León en versión etíope, tras levantarse el casco y sopesar si nos soltaba un espadazo. ©José Luis Valdivia

El asunto de caballeros no queda ahí, porque semanas anteriores en una zona a las afueras de Wukro, bajo una tormenta de esas que te hacen suplicar por una cueva, los niños disfrutaban como posesos enfundados en trajes de plástico. El que lo tenía, porque otros tenían complejo de David contra Goliat y a la mínima lanzaban piedras…

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Nuestro hidalgo ataviado con su armadura de plástico. Por lo menos mojarse no se mojó. ©José Luis Valdivia
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En la misma zona de las lluvias, este árbol Daro da de fruto niños. ¿Ya los ha visto nuestro querido lector? ©José Luis Valdivia

El rio que pasa por la ciudad, el Gudbamri, es un lugar social de múltiples usos. Allí se lavan coches, pasan carros y ganado, se asean individuos o, como el caso que nos ocupa, se convierte en la típica riera de baño y ocio juvenil: saltos, zambullidas, tomar el sol, corretear, jugar en el agua, etc. Lo que ocurre es el que río no es saludable para estos usos mencionados tras realizarle un estudio de aguas.

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Una escena vista en cualquier parte del mundo de jóvenes disfrutando en la riera de un río. ©José Luis Valdivia

La orfandad de muchos niños etíopes se ha sustituido por hermandad. Familia es una palabra que deberá en breve redefinirse con múltiples significados. Ante la ausencia de un padre o una madre hay un hermano, un tío, un amigo, un misionero… Porque la infancia es algo muy serio.

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Unas simples ruedas es más que motivo suficiente de disfrute para estos dos querubines dentro de la Misión de Saint Mary. ©José Luis Valdivia

No es necesario ser padre para poder albergar un sentimiento parecido. Comprender la infancia, escuchar a los niños como adultos en miniatura que son, daría como resultado un mayor nivel de empatía. Si cuando vemos a los niños en una frontera con sus manos aferradas a unas frías alambradas, supiésemos el grado de trauma que todo ello está dejando en sus jóvenes espíritus, si nos pusiésemos en esa pequeña piel por un instante, otro gallo cantaría antes de soltar la primera estupidez frente a quienes han sido despojados de casa, nación y dignidad.

En estas fechas que se acercan de supuestos buenos augurios, no estaría mal reformular interiormente el orden y prioridades de muchos preceptos de vida, sin ser vendidos como un eslogan más que se olvida al mismo tiempo que se consume. Hacer feliz de verdad cuesta mucho menos de lo que pueden pensar.

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José Luis Valdivia
Fotógrafo multidisciplinar con especial interés en el fotoperiodismo, documentalismo y astronomía. Cineasta independiente con varios proyectos nominados y otros pendiente de estreno. Docente creador de la experiencia formativa "La Mirada y el Fotógrafo” desde hace una década. Se queja de que el día tenga sólo 24 horas con todas las cosas creativas que hay por hacer.

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