
Dentro de poco ya no recordaremos que no hace tanto tiempo los
teléfonos móviles no venían con tiendas de aplicaciones que nos
permiten hacer de estos pequeños ordenadores. Por aquel entonces, los
teléfonos disponían de sistemas propios, se centraban en poder llamar y
apenas existían las aplicaciones tal y como hoy las entendemos.
Pero
luego llegaron lo que mucha gente denominó smartphone, teléfonos con
sistemas operativos completos que permitían instalar todo tipo de
aplicaciones, que junto con la explosión de las conexiones de datos,
hicieron de los teléfonos mini-ordenadores indispensables en nuestra
vida cotidiana.

Era una cuestión de tiempo que este paso se diera también en las
cámaras fotográficas. Es, de hecho, un paso lógico, pues permite
integrarse perfectamente con el estilo de vida “móvil digital” que
prima en nuestros días, en las que compartimos nuestras experiencias
(léase fotos) al instante mediante todo tipo de redes sociales. ¿Cuáles
son entonces las consecuencias de la integración de sistemas operativos
en las cámaras fotográficas, en este caso Android?
Antes de responder, creemos necesario definir, al menos un poco por
encima, en qué consiste un sistema operativo. Se trata de un programa
que controla un dispositivo en concreto, los más conocidos son los
sistemas operativos de ordenadores (Microsoft Windows, Mac OS X,
Linux,...). Estos programas controlan la funcionalidad básica de los
dispositivos, y permiten servir de plataforma para la instalación de
nuevas funcionalidades mediante aplicaciones, ya sean del propio
fabricante del sistema operativo o de terceros. Los sistemas operativos
para móviles (Android, iOS, Windows Phone, ...) suelen ser versiones
“aligeradas” de sus equivalentes para ordenadores, que permiten también
instalar todo tipo de aplicaciones, aunque con más limitaciones.

Una de las implicaciones más evidentes es la integración de las cámaras
fotográficas dentro de la red social, pues permite el uso de
aplicaciones de terceros ya existentes en dispositivos como los
smartphones. De algún modo, se “estandariza” la forma que tenemos de
acceder a ella, al utilizar un sistema utilizado actualmente por
millones de personas. En otras palabras, permite a los usuarios
sentirse “como en casa”, pese a encontrarse con un dispositivo
completamente nuevo.
Por otro lado, la incorporación de un sistema como Android permite
separar de una forma más clara el hardware del software,
es decir, los
componentes físicos que forman la cámara del programa que la controla.
De
este modo, el fabricante puede dedicarse prácticamente en exclusiva a
la fabricación de la cámara en sí (*), y dejar a un tercero (en este
caso a Google, responsable de Android) el diseño de los programas y
aplicaciones, con todo lo que ello conlleva.
Si los demás fabricantes siguen la tendencia, en breve nos
encontraremos con que todas la cámaras lleven prácticamente un mismo
sistema, lo que redunda directamente en una facilidad de uso para los
usuarios finales. Si añadimos a todo esto la incorporación de
tecnologías inalámbricas como el WiFi, podremos entonces compartir
nuestras fotografías directamente desde la cámara a través de las
distintas aplicaciones disponibles. Al igual que pasó con los
smartphones, podremos, cada vez más, prescindir de nuestros ordenadores
y realizar la gran mayoría de las tareas desde la propia cámara
fotográfica.


(*) No hay que olvidarse también del diseño del firmware,
que es
la parte lógica que control el hardware, pero que
permanece invisible
al usuario final, que solo tiene interacción con el software,
que
realmente es la parte visible.





