Compartir

Los exploradores son una raza en extinción. Una especie que ha ido mermando con el tiempo, con el terreno cada vez más conocido, a medida que la globalización y la tecnología iban dando bocados a la literatura.

Porque la literatura ejerce de elemento narrativo de la vida, sus imágenes aparecen como transportadoras de ideas, experiencias y sensaciones. Aquí entran los exploradores, los aventureros a los que les movió tratar de averiguar verdades de se ocultan más allá de donde la vista alcanza. Pero… ¿son sus cuadernos el rastro de sus viajes, su consecuencia o la motivación de los mismos? Uno puede pensar que verse inmerso en un viaje reporta tantos frutos como para generar diarios de viajes y, en este caso, cuadernos de pintura. Pero basta echar un vistazo al resultado de los mismos como para que la latencia artística de sus autores se atreva a discutirlo.

Pintura de John Burchel durante sus viajes al interior de Sur África
Pintura de John Burchel durante sus viajes al interior de Sur África

Cuando nos preguntamos si fue antes el huevo o la gallina aparece este libro para dar fe de que el fin justifica los medios artísticos. La etapa del viaje da forma al cuaderno, pero el cuaderno y su creación creativa pasa por es lo que sus autores, artistas de disciplina, vivieron en sus andaduras. Casi parece que parte de la vocación del explorador está en recrearse en sus diarios y cuadernos, en la necesidad mortal de dar contenido al tiempo que acontece al abandonar la expedición. Y aquí aparece el libro publicado por Geoplaneta ‘Exploradores. Cuadernos de viaje y aventura’, una recopilación de extractos de cuadernos de viajes de los exploradores más reconocidos, importantes y excelsos. Y no cualquier explorador tendría cabida en este libro; algunos acompañan su excelencia con una brillante capacidad de enseñarnos en sus cuadernos todo lo que exploraron.

Marianne North pintaba todo el día. Amiga de Darwin, navegó por Australia, Tasmania y Nueva Zelanda. BotanicalArt
Marianne North pintaba todo el día. Amiga de Darwin, navegó por Australia, Tasmania y Nueva Zelanda. BotanicalArt

La fotografía previene contra el mal del olvido. No tiene cura contra la nostalgia pero plantea las preguntas adecuadas sobre ella. Así, cuando ambas pretensiones se combinan, la de tratar de evitar el olvido y el juego que acapara la nostalgia, la situación de todo aquello que luchó contra el olvido en momentos ya pretérito se nos antoja cándido. Hay inocencia en los cuadernos de viajes que pretenden dar a conocer lo que antes era nuevo cuando se ven con ojos actuales, que no ven nada “nuevo” en ellos. Las maneras de acercarnos a estos exquisitos trabajos hoy parten desde quienes saben que cuando aquellos cuadernos se hicieron, no había fronteras sin descubrir.

Hay tantos ejemplos en vidas explendorosamente brillantes que casi es de recibo remitirles al maravilloso libro al que hacemos mención en el artículo. Pero, por hacer hincapié en lo que hasta ahora hemos comentado, podemos sacar a flote ejemplos de exploradores que bien amaron tanto el dibujo de la naturaleza que les rodeaba como la naturaleza misma.
El trabajo de los autores del libro, Huw lewi-Jones y Kari Herbert, ha sido una exploración en sí mismo. En muchas ocasiones, para encontrar el material del que se nutre le libro, tuvieron que realizar verdaderas tareas de excavación en colecciones públicas y privadas.

Los cuadernos de Jan Brandes retratan su vida familiar durante su estancia en la isla de Java (1778)
Los cuadernos de Jan Brandes retratan su vida familiar durante su estancia en la isla de Java (1778)

Will Burchell (1781-1863) aceptaba que la verdadera felicidad consistía en viajar solo y tumbarse en la hierba bajo el cielo africano para escribir en su diario mientras un filete de hipopótamo crepitaba en el fuego. Burchell publicó dos libros sobre sus viajes por Sudáfrica, libros que recogen una maravillosa cantidad de pinturas que parten de la más solvente horizontalidad para llegar a romper en infinidad de detalles. Lo cuidado de las mismas sorprende por su absoluta calidez. Burchell vivió soltero hasta su muerte; cuentan que permaneció en la isla de Santa Helena, lugar de avituallamiento de los barcos que iban de Oriente a Londres. Su prometida viajó en uno de ellos para reunirse en la isla con él y, al llegar, le anunció la decisión de abandonar su compromiso en favor del capitán del barco que le había llevado a él. Burchell no se inmutó; tenía más tiempo para seguir adelante con sus bocetos.

Las ilustraciones de Else Bosterlmann sobre las descripciones de William Beebe sobre la profundidad del océano rozan una inquietud interplanetaria.
Las ilustraciones de Else Bosterlmann sobre las descripciones de William Beebe sobre la profundidad del océano rozan una inquietud interplanetaria.

William Beebe fue uno de los primeros en anunciar la fragilidad del ecosistema marino. El mar era su exploración y su pretensión de “ser naturalista” era para poder “abrir los ojos de una generación a las intrincadas maravillas del mundo natural“. En 1934 se sumergió a 923 metros de profundidad. Deseoso de describir lo acontecido, de transcribir y dibujar lo que había visto, se afanó hasta la saciedad por reproducir lo más exhaustivamente posible todas las especies que había visto. Su manera de mostrarse al mundo eran los cuadernos que permitieron a Else Bostelmann realizar dibujos que hoy no nos sorprendería encontrar en un libro de Lovecraft.

“Mis cuadernos son cruciales; para mí son sagrados. La magia de un paisaje o de un viaje reside en el detalle. Puede que al principio sea difícil, pero al final acabas engullido por él. Los cuadernos de notas, una suerte de libros alternativos, se pueden leer y volver a explorar al final de un viaje. El principal problema es la abrumadora preocupación que provocan. Cuando estoy a punto de terminar un viaje me da miedo perderlos. Sería una pérdida irreparable”  – Colin Thubron

Pero algunos resultan algo más que un apacible resultado de un viaje con acomodos. El cuaderno de Thor Heyerdahl da cuenta de su viaje en la balsa Kon-Tiki, en la que pasó 101 días navegando a la deriva casi 4.500 millas náuticas desde Perú hasta la Polinesia en 1947. Trataba de demostrar que los pueblos prehistóricos de Sudamérica podrían haber hecho aquella misma travesía. El registró la comida que les quedaba en el cuaderno y de los peces que iban encontrándose y que se acercaban a la balsa de manera amistosa –la ausencia de motor no los alteraba– se advierte hoy de forma diferente, con un toque de alerta y urgencia más que exploratorio.

El libro resalta docenas de episodios a cual más dotado de épica. Las llamadas indias occidentales, los polos, los ríos, continentes… todos los lugares posibles del imaginario exploratorio resuenan en estas páginas. Pero no solo ellos, aparecen en ellas autores como Jan Morris, redescubriendo de la manera más romántica posible las urbes y los lugares más conocidos por todos, como Venecia o Roma. La exploración hacia dentro tras la exploración desde fuera.

El renombrado explorador Fridtjof Nansen,
El renombrado explorador Fridtjof Nansen, artista muldisciplinar, tras abandonar su vida de explorador.

Los cuadernos y las circunstancias que los producen repercuten directamente en los márgenes históricos de la fotografía, conecta en un lugar donde pretende incidir en los mismos núcleos y extraer energía de los mismos nodos. Ahí estaban los exploradores, cuaderno en mano, surcando mares, cruzando desiertos, desembarcando en terrenos jamás antes pisados. Fagocitando todos sus sentidos en lo desconocido y realizando avisos previos sobre la fotografía.

Científicos de toda índole, al menos al principio, pero ¿y después? Artistas, como Fridjof Nasen, que pintaba en los momentos más crudos de sus expediciones sobre esquíes. Se transformó en un artista y vivió como tal después de abandonar su vida de exploración, afirmando que ésta le había transformado en el artista que fue después.

“Durante todos esos meses, mi ancla fue mi bolígrafo, y mi diario, mi consuelo. En muchos sentidos, mi diario era lo único que mantenía mis pises en las tierra. Aquellos dos primeros volúmenes de mis diarios, decorados como si fueran un collage, con impresiones dispersas, eran más bien las divagaciones emocionales de un joven en busca de sí mismo.” – Wade Davis

La historia de los cuadernos de viaje y los exploradores comienza supeditada a los encuentros entre ambos. El autor, que es viajero y explorador, necesita dejar constancia de sus encuentros y sus descubrimientos. La forma más veraz que contiene empodera la imagen. El dibujo es necesario para mostrar el amanecer en las colinas de Alaska o apostado sobre un iceberg. No tienen cámara de fotos, tienen su imaginación, un puñado de lápices de colores, un cuaderno de hojas en blanco y una posición histórica privilegiada.

El privilegio del explorador es llegar a un lugar antes que nadie. Explorar, un verbo que percibe sentidos románticos y heroicos, de lo real y épico, de auténtico hito. Los fotógrafos acuden a crear imágenes para dar fe. Son exploradores de puntos de vista desconocidos. En la época que nos atañe, ese privilegio, sin cámaras, estaba al alcance de los dedos y la imaginación del que sujetaba el pincel.

Los exploradores acababan realizando verdaderas obras maestras con los componentes de los que disponían. Mapas de regiones nunca antes pisadas, estructuras de edificios religiosos jamás visitados por extranjeros. Líneas en un papel que antes eran ríos ahora aparecían en su esplendoroso colorido, sus peces y los habitantes de sus orillas retratados con meticulosidad científica.

Henry Walter Bates llevó una vida solitaria en el Amazonas dibujando insectos.
Henry Walter Bates llevó una vida solitaria en el Amazonas dibujando insectos (Original de Jean Mackay, en honor a H.W. Bates)

El libreto en mano, el cuadernillo de dibujo con los lápices y carboncillos se comienza a popularizar a finales del siglo XVII. Comienzan a editarse y venderse de forma mayoritaria cuadernos preparados para ser dibujados, ligeros, con cubiertas de cuero resistente, con las hojas cosidas y en su mayoría dispuestos con cintas que facilitaban su cierre y transporte. Poseer un cuaderno se transforma en un marco para dar a conocer el mundo, un objetivo fotográfico en sí mismo.

Más allá de escribir con soltura y facilidad, el dibujo se implementa como añadido indispensable. Cuando la idea es trasmitir el territorio, dar constancia de su existencia más allá del mapa, aparece este “pequeño” arte creado ad hoc. Su distribución y su popularidad lo convierten en una herramienta imprescindible.

Este es el germen de la literatura de viajes como la conocemos hoy. La literatura impregna los cuadernos sin darse a sí mismo forma más allá de los lápices de colores. Pero la exploración es alimentada por la literatura y conecta con la fotografía. Hay quien se atrevería a decir que una viene de otra y se apodera de la tercera. El verdadero objetivo del explorador y de sus viajes no es más que hacer realidad un sueño, acometer la vida desde perspectivas que cambian esas mismas vidas. ¿No es, acaso, lo que la fotografía se empeña en hacer con nosotros?

No hay comentarios

Dejar una respuesta