A un día de celebrar el 234º
aniversario del
descubrimiento del planeta Urano, nos ocupamos del hijo de su
descubridor, un pionero en la fotografía cuya fama llegó a la mismísima
luna: John Herschel.
Cuando el 7 de marzo de 1792 John vino al mundo, lo hizo en “la Casa
del Observatorio” en la localidad británica de Slough y es que
la
conexión de nuestro protagonista con las estrellas apareció desde los
primeros momentos de su vida y duraría para siempre.

William Herschel padre de nuestro protagonista y descubridor del planeta Urano.
Nació en un momento privilegiado para la familia y siendo su padre William Herschel y Maria Pitt bastante mayores, algo que hizo del niño un hijo único y extraordinariamente cuidado. La sobreprotección o la falta de habilidades sociales le hizo desde sus primeros años de escuela, un niño retraído y a menudo acosado por los demás, pero siempre por un motivo claro: la desproporcionada inteligencia para un niño de su edad.
Al igual que le pasaba a su padre, el pequeño John no podía destacar
en
una sola disciplina intelectual, pues tan pronto abarcaba las ciencias,
la
música como la literatura, y por ello encaminó sus pasos hacia la
matemática, desde donde le sería más fácil alcanzar cualquiera de sus
otras pasiones intelectuales.
De este modo y con veintiún años se graduó en matemáticas como el mejor
estudiante de su promoción. Algo que le permitió encaminar sus
inquietudes hacia la física y la astronomía.
Entre los diseños de lentes para los telescopios y los efectos de la
luz solar. John Herschel cayó en la cuenta de un detalle: la luz
variaba
su temperatura en función del color, sentando sin ser consciente de
ello las bases de los rayos ultravioletas e infrarrojos.

El joven John tan implicado en las ciencias como en las artes afirmó que ambas disciplinas estaban estrechamente unidas.
Lo cierto es que su voracidad intelectual le hizo adentrarse en el mundo de la química, viendo la manera en que distintas sustancias reaccionaban ante esos “rayos caloríficos” como él les llamaba.
Esto le hizo indagar en las sales de plata para terminar dando con el hiposulfito sódico, un componente químico ideal para la fijación de aquellos primeros daguerrotipos que se habían puesto de moda en Francia.
La honradez de Herschel le llevó a informar acerca de ello tanto a
Louis Daguerre
(padre de la fotografía francesa) como a su equivalente británico
William Fox Talbot. Toda una muestra de integridad teniendo
en cuenta la competencia que existía en ese momento entre los
aspirantes al glorioso título de inventor
de la fotografía.
Pues bien en el fondo, el verdadero inventor de la fotografía
(al menos como término) fue John Herschel quien dejó por primera vez
escrita la palabra “photography” en 1839 y no solo eso sino que
también fue el inventor de la cianotipia. Este método basado en en el
ferricianuro de potasio daba como resultado fotos en blanco y azul cían
(de ahí el nombre) y aunque Herschel lo inventó en 1842 fue Anna Atkins
la primera persona que lo puso en marcha. De hecho la similitud de este
procedimiento con la fotografía ha hecho que de momento Anna Atkins sea
la primera fotógrafa conocida.

Los avances de Herschel no pararon aquí, pues además de analizar cómo
los
rayos de luz de distintos colores tendían a impregnar de ese color las
superficies que iluminaban, continuó sus logros en la otra disciplina
que además de la música caracterizaba a esta familia, me refiero a la
astronomía.
Su estudio del cosmos mejoró incluso los descubrimientos de su padre y
a tal grado llegó su prestigio que en 1831 terminó siendo condecorado
como sir. Un reconocimiento que dos años después se transformó en la
concesión de un viaje a Sudáfrica donde estudiar la bóveda celeste
austral. Y aquí es cuando aparece el factor rocambolesco de
toda su historia. El intachable astrónomo, físico y precursor de la
fotografía participa el 21 de agosto 1835 en un artículo del diario The
Sun (Nueva York) afirmando que durante sus observaciones astronómicas
ha descubierto vida en la luna.

Crater Copérnico calotipo de John Herschel en 1842
La conmoción, lógicamente, es general, ya no solo por el impacto que provoca la noticia sino porque el reputado John Herschel participe en aquel artículo, que la verdad parece de todo menos serio.
Entre la flor y nata de la población lunar se encontraban osos con
cuernos, castores bípedos que construían cabañas e incluso unos
humanoides llamados Vespertilio-homo, mitad hombres mitad murciélagos,
que aleteaban sobre el satélite como una especie de “batmans”
lunáticos.

Los vespertilo-homo. Los personajes lunares que atribuyeron John Herschel.
Al final se resolvió el entuerto, y ni la fuente a la que se remitía
The Sun publicaba ya ningún artículo (el Edinburgh Journal of Science
estaba obsoleto desde hacía años) y Andrew Grant autor de la noticia no
dejaba de ser un pseudónimo, bajo el que se sospecha que se ocultaba el
reportero Richard Adams Locke
Los selenitas por tanto, fueron lo único que le faltó descubrir a
Herschel entre todos sus hallazgos.

El anciano John Herschel fotografiado por Julia Margaret Cameron
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