La fascinación que ha producido el país nipón en occidente se remonta casi al momento de su descubrimiento europeo, desde entonces ambas culturas se han atraído mutuamente siendo el siglo XIX uno de los puntos clave de esa pasión.
En
la era decimonónica no había palacio europeo que se prestase sin un
salón
chinesco o una pieza ornamental traída del imperio del sol naciente,
baste
recordar cómo el té se fue introduciendo en las altas esferas de la
sociedad
británica. El totum revolutum que había en Europa con las culturas
asiáticas
era grande y más aun teniendo en cuenta que muchas de las historias
pasaban por
el filtro del romanticismo transformando historias reales en hermosos
argumentos como el de Madame Butterfly.
La idealización de Japón no solo
se tradujo en el mundo operístico o de
las
artes decorativas, sino que también la fotografía se vio implicada en
ese
entusiasmo y
aunque la llegada de la fotografía no fue muy diferente a otros países
asiáticos Japón vivió un proceso distinto.
Desde que en 1848 llegasen las primeras cámaras, Japón se lanzó a la
aventura de
la fotografía surgiendo incluso excelentes fotógrafos autóctonos como
Ueno
Hikoma que llegó a traducir numerosos manuales de fotografía e incluso
a crear
su propia escuela o Yokoyama Matsusaburo uno de los grandes fotógrafos
que en
este caso tuvo como maestros a los rusos, los cuales obviamente también
tenían
intereses en Japón.
Por aquel entonces el país nipón vivía grandes cambios remodelando su estructura social y dejando atrás muchos aspectos tradicionales en pos de la modernidad. Algo que necesariamente había de ocurrir pero que sin embargo no hizo ninguna gracia a los fotógrafos europeos que veían cómo el exotismo japonés se evaporaba en favor de la vida moderna.
Las estampas de tipos populares encandilaron a los europeos decimonónicos que veían, bien en las geishas todo un símbolo de la belleza, bien un ideal del honor en los viejos samuráis. Pero no solo eso, las ropas o la estética en general eran tan apreciadas en el viejo continente que grandes artistas se terminaron convirtiendo en “otakus” (salvando las distancias del término actual) o lo que es lo mismo verdaderos entusiastas de ésta cultura.
Buena muestra de ello lo encontramos en las fotografías que Maurice Guibert hizo a su amigo Toulouse Lautrec, el cual bromeaba ante la cámara disfrazado de japonés.
Un
indescriptible Toulouse Lautrec fotografiado por Maurice
Guibert.
Mientras tanto, al otro lado del mundo aquel
folclore… en definitiva
aquel
estilo de vida comenzaba a desaparecer suponiendo un serio problema
para los
fotógrafos que vivían de captar aquellos tipos populares. El austriaco
Raimund
von Stillfried (1839-1911) o Adolfo Farsari (1841-1898), vieron
tambalear sus
negocios al comprobar que Japón perdía su exotismo en favor del
progreso y el
avance.
Los samuráis, una constante en la obra de los primeros fotógrafos europeos como Raimund von Stillfried
Los samuráis por ejemplo fueron abolidos en 1869 y los vehículos
europeos
fueron sustituyendo el tradicional kago con el que dos hombres
porteaban a los
pasajeros. Todos estos cambios, inevitables por otro lado, no fueron
problema para uno de
los fotógrafos más fecundos que pisó Japón, Beato Felice. De origen
italiano
este fotógrafo nació en Corfú, una isla jónica que en ese momento era
protectorado británico, lo cual favoreció que viajase con cierta
libertad por
las colonias británicas hasta recalar en Japón.
Retrato de Felice Beato muy pocos años antes de llegar a Japón
Pocos fotógrafos viajaron tanto como él en aquel siglo XIX, y así, para
hacernos a la
idea de la variedad de países que visitó podemos mencionar Grecia,
Sudan,
Israel, Corea o Birmania entre otros. Su
azaroso periplo
comenzó como reportero de guerra, jugándose la vida en la de Crimea
y
tiempo después en la segunda guerra del Opio. Lo cual le hizo recalar
en el
extremo oriente.
Beato Felice llegó a Japón hacia 1863 y pudo aún disfrutar de esa sociedad genuina, allí también sufrió numerosos incidentes como el incendio de su estudio y la pérdida de multitud de negativos que desaparecieron para siempre, aunque el verdadero imprevisto fue el rápido progreso de aquel exótico mundo hacia la cada vez más imperante sociedad occidental.
Curiosamente las técnicas
fotográficas parecían haberse anquilosado en Japón
donde en 1857 se seguía utilizando daguerrotipo, y fue precisamente
gracias a
fotógrafos como Felice Beato con lo que la fotografía nipona avanzó
hacia el
colodión húmedo. Además se introdujo la acuarela como elemento
colorante de las
imágenes, no obstante esta técnica al agua contaba con gran
predicamento en el
país.
Felice Beato supo reflejar todas las peculiaridades de la sociedad nipona desde lo cotidiano a lo deportivo
Tras su largo peregrinar por el mundo (en especial
en India y China) comercializando
sus
imágenes en la metrópoli,
Felice Beato se percató de que el exotismo de estos lugares tenía gran
aceptación en Europa. Por ello se dispuso a la ingente tarea de
fotografiar a
una sociedad fantasma, una sociedad que estuvo a punto de desaparecer,
algo
que los
fotógrafos supieron evitar poniendo
en
valor los kimonos, las katanas y los sofisticados peinados justo antes
de que
cayesen en el olvido.
¿Cómo hacerlo en una situación tan
poco esperanzadora para el mundo tradicional
japonés? Muy sencillo, fingiéndolo. Recurriendo a los ropajes no tan
antiguos y
salvando si no la forma de vida, al menos si la estética.
De este modo y con el fin de crear
estampas turísticas fácilmente vendibles en
Europa se generaron todo tipo de escenas, irreales en el fondo, pero
valiosísimas en todo lo demás.
Joven en fuerte tormenta (en torno a 1875) autoría dudosa entre Raimund von Stillfried o Kusakabe Kimbei .
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