Yukio Mishima y Eikoh Hosoe tenían en común el
interés por temas como la estética de la muerte, la pasión irracional y
la fotografía. Entre ambos realizaron el libro Barakei –Muerto
por las rosas– en el que los demonios y los deseos del genial
escritor
quedaban retratados.
La muerte de Yukio
Mishima fue tan sonora y espectacular que casi había sido
presagiada por él mismo en su obra y en los constantes episodios
trasnochados que protagonizaba. Su personalidad era excesiva y
rimbombante, y era reiterativo su interés por la muerte violenta y por
la belleza inherente en ella. Algo que, por otra parte, no es en
absoluto patrimonio suyo si tenemos en cuenta que Japón tiene en su
historia una tradición milenaria sobre ello.

Yukio Mishima en una de las fotografías del libro © Eikoh Hosoe
Zenmei
Harsuda,
también escritor y amigo de Mishima, se voló la tapa de los sesos para “honrar la
cultura de mi nación,
que es morir joven”. Algo que al autor de “El mar de la
fertilidad”,
le impactó y fascinó hasta su propia muerte.
El libro “Barakei” insistía en el gusto estético de Mishima por la
muerte violenta, la que veía en un cuerpo joven y bello muerto y que en
sus libros insinuaba de forma reiterada. No en vano, la primera
edición, de 1963, fue revisada por el autor para ser publicada un año
después del suicidio de Mishima, en 1971, incluyendo algunas fotos
nuevas y con un tratamiento consciente de la vistosidad de la muerte
del escritor.
Las flores, alegoría del ritual final, aparecen simbólicamente en las
fotografías. Pero también la vitalidad y la juventud en el cuerpo joven
y lleno de vida de un Mishima que se presta sin pudor, habiéndose dado
baños de sol y aceite antes de las sesiones de fotografía.
Su muerte fue todo un escándalo. Un texto recoge algunas sensaciones
sobre el suicidio, dirigiendo las razones hacia un lugar concreto; “cuando
estaba cerca de cumplir
los cuarenta, la edad a la que se suicidó Hasuda, poco a poco empecé a
comprender mejor al hombre. Sobre todo, reconocí la raíz de su ira; su
odio era directamente a los intelectuales japoneses, el más fuerte
enemigo de la nación”.
Mishima como soldado japonés con katana © Eikoh Hosoe
En el texto, Mishima se refería a sus propios compañeros y amigos,
intelectuales modernos incapaces de cambiar un Japón vendido y
desmotivado, inmersos en la inactividad, deshonestos entre ellos y con
su tradición, ególatras e incapaces de implicarse. Su odio era dirigido
a sus “hermanos”, que como él, conocían el problema pero que no eran
capaces –ni deseaban– cambiarlo y modernizar Japón, respetando al mismo
tiempo las tradiciones y el valor histórico del país, sin corromperlo
con lo peor de lo que venía del exterior, algo que él conocía debido a
sus continuos viajes al extranjero.
La soledad de Mishima iba en aumento y la lejanía intelectual con sus
coetáneos –un grupo hermético como solo los japoneses saben serlo– cada
vez resultaba más turbadora para un joven de su condición. Era el foco
de sus iras y sus burlas, y a pesar de que el escritor había abrazado
el budismo, era incapaz de no protegerse de sus críticas con desmanes
que se alejaban del silencio, característica metódica de la crítica
japonesa.
Mishima imitando a San Sebastián © Eikoh Hosoe
Comenzó a reconocer a sus amigos que había llegado a un punto de crisis en su carrera así como en su vida privada. La idea de su propia muerte ya había estado en su mente durante toda su vida, pero empezó a cristalizarse como un hecho factible durante esta época.
El temor de
morir de manera estéticamente ruinosa le llevaba a temer ser
envenenado y en pensar con pavor en las horrorosas
consecuencias del cuerpo ante la ponzoña, lo que le empujaba,
de manera obsesiva, a ser cuidadoso con lo que comía y a lavarse la
boca con frenesí después de hacerlo.
El gusto por cuerpos viriles bellos y muertos, torturados,
despedazados, hinchados en cadáver, marcó a Mishima desde su
adolescencia. En los trabajos de Hosoe, conjuga la sumisión viril al
dolor con el atractivo placer del cuerpo desnudo. Así,
aparece con un pañolón atado a la cintura y flechas hincadas en su
cuerpo, atado por las muñecas con una cuerda, como San Sebastián, una
imagen que en sus diarios reconocía como llena de erotismo.
En esta imagen, además, contemplamos una saeta que se le introduce por
la axila, algo significativo teniendo en cuenta que trascendía que su
imagen fetiche era esta parte del cuerpo masculino.
Imitando el momento del final. Autor desconocido.
Estas imágenes remarcan una característica de su personalidad que rechinaba a sus críticos; su enorme ego. Se tenía a sí mismo como un ser bello, imperecedero, y merecedor de las mayores agasajas. Merecía el Nobel puesto que deseaba “identificar mi propia obra literaria con Dios”.
Le mató que el premio
fuera hacia Yanusari
Kawabata, y sin embargo, cuando se enteró del fallo, fue
el primero en acudir a su casa a felicitarle y quedarse allí todo el
tiempo posible para aparecer en las fotografías y ser identificado como
heredero de la obra del maestro. Creó un ejército –sí, un ejército–
tolerado y fomentado por las Fuerzas Armadas japonesas, con devotos
admiradores de su obra, y les llevó a realizar acciones paramilitares y
maniobras pseudomilitares que pretendían devolver la heroicidad que
tuvo antaño el orgulloso ejército japonés.
Mishima captado por la televisión en pleno discurso a las tropas de Ichigaya.
Tanto fue así que, el 25 de Noviembre de 1970, entró con su grupo en la base de Ichigaya, en Tokyo, y llegó a maniatar al general y a sus soldados exigiendo que las tropas se concentraran ante el balcón para escuchar una arenga de Mishima. El discurso no fue bien recibido por los soldados que estaban en la base y comenzaron a insultarle y a arrojarle objetos. Mishima, desesperado –no sabemos si realmente tenía esperanza, con este acto, de cambiar el pensamiento de los jóvenes militares– entró en el despacho del general y se preparó para hacerse el harakiri.
Le pidió a uno de sus soldados, Masakatsu Morita –quizá
también su amante– que le decapitara para impedir que sufriera
demasiado. Pero Morita falló en su cometido y erró su golpe hasta tres
veces, hiriendo sus hombros y la espalda. Otro soldado arrebató la
espada a Morita para terminar el trabajo y después hizo lo propio con
el joven, dejando sendas cabezas sobre la alfombra.
Esa misma mañana, Mishima había entregado a su editor su última novela
y su padre aseguró a los medios que, lo peor de todo, era que tendría
que pedir disculpas a la policía.
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